Capítulo I

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Letras de Antonio Castellote
Dibujos de Juan Carlos Navarro
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1. Un poco de sangre
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Si no se ha curado del todo, piensa Bernardo, mejor no salir. El domingo pasado el podenco se acercó más de lo debido a una cerda con crías. Bernardo se mantuvo a distancia, pero los vientos le venían al perro y tampoco hubo manera de pararlo. El animal se acercó ladrando, apenas pudo esquivar la embestida del jabalí. Bernardo disparó entonces a una de las crías. Marró el tiro, pero la cerda no se cebó con el podenco, y huyó.
Después, en Alfambra, en la casa de sus padres, que ya solo sirve para guardar el perro y curar los jamones, Bernardo cosió al podenco con cuidado, una raja de seis centímetros de larga que por lo menos no había interesado las entrañas. Ya es la tercera dentellada que tiene que coserle. El perro tiene demasiada sangre, si le vienen los vientos no se sabe sujetar.
Bernardo apaga los faros del jeep junto a la puerta de la casa, en lo que durante décadas fue el final del pueblo. Ahora las casas llegan hasta más allá de la piscina y más allá de la estación en ruinas, hasta el silo, en la carretera de Teruel. Cuando Bernardo era niño esa casa era nueva. Oye ladrar al podenco tras la tapia del corral, y a cuatro o cinco perros del contorno que se despiertan. Todavía es de noche. A Bernardo le gusta salir temprano de Teruel, antes de que se haga de día, y preparar el fuego para que cuando vuelva del campo se pueda estar en la cocina.
El podenco rasca con la pata en la puerta del corral. Aunque la casa lleva muchos años deshabitada y daría lo mismo que el perro pudiera entrar, Bernardo suele cerrar mucho siempre todo, como si hubiese algo de valor o una familia errante pudiera instalarse sin su permiso. El perro está despierto y muy nervioso, caracolea entre las piernas de Bernardo mientras él comprueba si ha mermado la tolva del pienso y el agua no está helada. Dentro, en la pocilga donde duerme, encima de algunas pajas, Bernardo enfoca con la linterna y busca rastros de sangre fresca. Pero el perro parece haber cicatrizado bien. Ya sabe lo que le toca si se arranca los puntos, así que la herida está sucia de barro y de paja pero parece que no está infectada. Bernardo vuelve a rociarla con un spray cicatrizante de color violeta.
El perro está bien. Bernardo entra en la cocina para cambiarse. Nadie de su familia va nunca por allí, pero todos le regalan para su cumpleaños alguna prenda de caza que compran en el Corte Inglés cuando bajan a Valencia y de algún modo le exigen que se la ponga. Bernardo sale del jeep disfrazado de cazador, pero entra en la cocina y cambia el Barbour por un tabardo, y las botas Geox por unas chirucas corrientes, y el chaleco enguatado verde por un jersey de lana con cremallera. Bernardo prefiere pasar por el camerino antes que encontrarse a alguien del pueblo mientras caza. Si pudiera cambiar el jeep por el cuatro latas viejo que guarda en el corral, también lo cambiaría.
Bernardo conduce hasta un altozano desde donde se ven las faldas de los Montes de Camañas. El día nace despejado. El terreno avanza en pequeñas lomas, la carretera sube y baja por bancales en barbecho y oteros llenos de piedras. Hasta casi Sierra Palomera no se divisa el gran valle amarillo del Jiloca. De momento, todo está lleno de horizontes cercanos que se sobrepasan y se desdibujan. Bernardo conoce el terreno, pero prefiere dejar el jeep donde lo pueda ver. Saca al perro de la jaula rodante y la escopeta de la funda de cuero repujado, que cambia por una de loneta verde. También saca el almuerzo de una especie de neceser de Ralph Lauren y lo mete en el morral de cuero que llevaba su abuelo cuando era pastor, bastante cerca de allí, en las lindes de Camañas con Alfambra. Después comprueba que el jeep queda cerrado y echa a caminar. Pronto se oye sólo el crujir de las botas sobre los rastrojos.
Bernardo no espera que la mañana se dé bien o mal. La mañana es escuchar sus pasos sobre los terrones de tierra recién labrada y los cañutos de cebada seca, caminar hasta los pinos de Camañas y allí debajo fumarse un cigarro, recorrer un par de veces una ruta paseable y si sale una perdiz o un conejo apuntar y no darle casi nunca. Bernardo empezó cazando solo porque casi nunca cazaba nada, y luego, cuando aprendió las distancias y apuntaba justo al encuentro, dejó de interesarse por el hecho de cazar, pero no por el de ir de caza. Juzga las piezas antes de dispararles. Aun así, de vez en cuando, caza una perdiz despistada, o el perro le vuela una parva de codornices ante las que lo milagroso habría sido no acertar ninguna.
El podenco suele ir a su lado, aunque a veces se adelanta y corre hasta más allá de la siguiente loma, y por unos momentos desaparece. Cuando Bernardo corona el repecho, el perro ya está allí, avanzando en círculos hasta que llegue su amo. Mientras la mañana se mantiene quieta puede soportarse el frío, pero a eso de las diez se gira un cierzo recio que desviaría los perdigones. Como no remite, y Bernardo empieza a sentir en la cara los alfilerazos de la matacabra, decide volver al pueblo cuanto antes. En vez de jornada de caza, habrá jornada de hogar. Llama al perro pero el viento también se le lleva la voz. Después de silbar en vano varias veces, Bernardo aprieta el paso hasta la siguiente loma, pero salva el repecho y el perro no aparece, ni en esa vaguada ni por las crestas blandas que se dibujan por detrás como los niños dibujan las montañas. Es posible que alguna de esas ráfagas de cierzo le haya llegado con toda la violencia del instinto y haya ido a parar otra vez al amín del jabato. Las cerdas recién paridas son muy peligrosas, aquella vez Bernardo se acercó más de lo debido, más allá de la línea del miedo, en la jurisdicción del bicho, supo el riesgo que corría pero siguió caminando, la carne de los jabatos no es jasca como la de los animales adultos.
Es inútil seguir llamando al animal con esta ventolera. Bernardo se refugia junto a una sabina petrificada, que sin embargo creció hacia el sur, no porque buscara el sol sino empujada casi cada día por el cierzo. Tampoco es bueno que camine mucho. Lo mejor sería quedarse allí hasta que el podenco regresase, con los vientos así de cruzados es fácil que el animal se desoriente. Desde la sabina se ve la masada de Palomera. Son cuatro paredes rellenas de escombros que se hunden del tejado, Bernardo tiene muchas fotos de esa masía, casi todas hechas por la tarde, cuando el sol tiñe de naranja meloso, de un tono amarillo cadmio, tostado de bermellón, los bancales que todavía guardan sin recoger rulos de paja. Lo que más le impresionó de aquella ruina la primera vez que entró fue lo grande que era la casa y lo pequeño que era todo, las ventanas diminutas para protegerse del frío, el hogar estrecho sin respiración, o los cubiles que aún no se han desmoronado del piso de arriba, que Bernardo ve desde la escalera porque piensa que las vigas podridas y el suelo de cañizo y barro ya no podrían soportar el peso de una persona. A veces ha pensado en la posibilidad de alquilar una grúa para meterse sin peligro en aquellos dormitorios diminutos que durante el invierno sólo recibían el abrigo de las cuadras, los vahos de las bestias y de las ovejas que subían por los intersticios de las tablas, el aroma del fiemo.
Bernardo aprieta el paso porque la matacabra está degenerando en ventisquero. Estamos a últimos de octubre. Hay un cobertizo en la pared oeste de la casa levantado con ladrillo y cubierto con vigas de madera reciente y tejas nuevas que no amenaza ruina. Si arrecia la tormenta, se puede refugiar allí sin que le caigan encima los cascotes. Bernardo intenta silbar pero el cierzo suena mucho más potente que su voz.
La masía está en las faldas de la sierra que flanquea el valle del Jiloca, a treinta kilómetros de Teruel, encima de uno de sus últimos montículos, por los que serpentea, de este a sur, el barranco de la Cañada Seca. La sierra dibuja un entrante, una especie de ensenada fluvial en un enorme cauce vacío que sirve como abrigo de los vientos. Está muy bien situada, pero el frío y el viento en esta época del año es igual allí que en Patagallina, en la misma cresta de la sierra.
Bernardo sube la cuesta que separa el camino de la masía. La visión de la casa se esconde y poco a poco reaparece mientras el frío y el sofoco le van cortando la piel. Nota cómo se le secan los labios y le pican y la piel es más tirante, cuando se pasa la lengua por ellos es como pasarla por una herida. Cuando sube al alto, que en realidad es una especie de era, la matacabra es una nube de humo que se arremolina y entra y sale por los muros derruidos del corral y por la puerta oscura. Pero entre el ruido de órgano de la ventisca escucha un ladrido. Bernardo asoma con cuidado la cabeza por la puerta, empieza a llover de firme y el ladrido no parece haber salido desde dentro. Vuelve a escucharse otro ladrido, que Bernardo no sabe si es ladrido o gañido, demasiado agudo, como un brote de aullido, y suena en la parte de atrás de la casa. Bernardo da la vuelta, pasa por delante del cobertizo, que está cerrado con una cadena, y se asoma por el murete del corral. Y allí ve al podenco, clavado a una hermosa perra blanca.
Los perros ya han copulado y miran en sentidos opuestos, pero llevan unidos los cuartos traseros, el tejido cavernoso que los ata no se ha desinflado aún. Pero los perros no pueden moverse coordinadamente y les está cayendo la lluvia encima, un chaparrón con litines que arañan en la cara. La perra es más alta que el podenco y eso hace que esté como encogida, como en la posición de acometer un brinco. Parece una perra de raza, como una galga peluda de hocico largo y acarnerado, más alta y más robusta que los galgos.
Lo primero que siente Bernardo es un fastidio mezclado de temor. Esa perra tan rara es de caza sin ninguna duda y los dueños de las hembras son los que deciden cuándo las quieren montar. No debería representar ningún problema, también el podenco es de raza, pero hablamos de hombres que van armados. Están en mitad de una ventisca, en las faldas de un inmenso valle vacío, escondidos en el esqueleto de una casa. Los perros miran cada uno por su lado, aún están enganchados y miran como cuando saben que por detrás les va a venir un castigo, cuando acude el amo después de haberlos hecho parar con malos modos, con voz demasiado aguda, o demasiado bronca. Miran con ese no mirar al ser temido que se acerca. Y sin embargo el podenco lo llamaba.
Bernardo se está empapando. La gorrilla de la Caja Rural que se puso en lugar del gorro Barbour está calada y el tabardo no lleva capucha. Junto a la pared no les cae toda la lluvia, pero a veces el viento se vuelve hacia ellos y la lluvia estalla contra el muro. Sabe que no hay nada que hacer, ni siquiera refugiarse en el cobertizo, y mucho menos dentro de la casa. La lluvia cambia de intensidad por momentos, es una lluvia convulsiva que arrecia con la misma frecuencia que la ventolera. Bernardo decide buscar un abrigo más eficaz y dejar solos los perros, pero entonces es la perra la que ladra, un ladrido que Bernardo no sabe si es ladrido o gañido o brote de aullido, un ladrido raro que se parece a todos los ladridos pero él no ha escuchado jamás, y también aparece, ascendiendo por la cara norte de la loma, un enorme paraguas negro que camina hacia la casa contra el viento y que tapa el torso y la cabeza de la figura pero no las piernas. Son piernas de anciano que caminan firmes pero lentas, como más atentas a no caerse que a caminar deprisa. Las piernas tienen el andar trabajoso de las caderas descoyuntadas. Bernardo no ve colgando junto al muslo la culata de la escopeta.
A pocos metros de los perros, que tirando el uno del otro se han salido hacia la era y la lluvia les está cayendo de lleno, el individuo levanta el paraguas y en efecto ve a un anciano con chaquetón de cuero negro, grandes bigotes de moco y una gorra como de marinero. De la cintura lleva colgada una liebre. Bernardo no ve asomar por ningún hombro el cañón de la escopeta. El viejo sonríe y señala a los perros y se acerca a Bernardo. Gesticula mucho pero no habla nada. Bernardo sabe por su forma de vestir y por sus gestos que es un anciano de pueblo, pero no de este pueblo. Bernardo se queda quieto al arrimo de la tapia, y el anciano hace lo posible por caminar más rápido. Llega a la altura de Bernardo y lo cubre con el paraguas y se ríe. Es una risa como todas las risas pero es una risa en otro idioma. El anciano dice ¡frío! varias veces y se ríe. Por la manera de decir ¡frío! Bernardo deduce que el anciano es eslavo. El anciano, sin dejar de reírse, con esa risa con la que nos enfrentamos a la lluvia, como si fuera una tragedia divertida, se aleja de Bernardo y acude al lado de los perros, y llama desde allí a Bernardo con una palabra eslava que entre el viento suena como pishki. Bernardo acude a refugiarse en el paraguas, junto a los perros que no se han terminado de soltar. El anciano acaricia la cara de la perra, la limpia de bolisas, y Bernardo se siente un poco en la obligación de hacer lo mismo, de modo que se vuelve de espaldas al anciano por un momento y se agacha sin salirse del paraguas, y al acariciar al podenco por la barriga nota que la herida está fresca, y al mirarse ve que lleva un poco de sangre en la mano.
El anciano eslavo de largos bigotes de moco se percata. De inmediato le ofrece a Bernardo el mango del paraguas para que lo coja con la mano limpia. Se agacha y acerca sus ojos muy pequeños a la herida, con esa solicitud de las personas que no saben cómo agradar hasta que de pronto sucede algo en lo que son especialistas. Al agacharse se ha salido del paraguas, la lluvia cae sobre su espalda. Bernardo lo cubre y da la vuelta para estar los dos al mismo lado del podenco, y se agacha también un poco, y ve cómo el anciano recoge lluvia con el hueco de la mano para limpiar la sangre de la herida. De vez en cuando levanta la cabeza hacia Bernardo, parece que sonríe. Una de las veces se mete la mano en el bolsillo interior del chaquetón y saca un bote parecido al bote donde se vendía el ungüento Cañizares, de letras negras sobre fondo rojo. Es una especie de pomada marrón brillante que el viejo rebaña con un dedo y aplica en la cicatriz abierta del podenco. El perro acude a lamerse pero el olor de la pomada le repele.
El viejo se incorpora. Quiere decir algo mientras guarda la pomada pero sólo le salen gestos y risas, amén de una palabra que Bernardo identifica como pietsch. Han cedido las ventoleras. Ahora es solo lluvia fina lo que cae. La perra se inquieta y afirma en el suelo las patas traseras. El podenco no colabora, se deja incluso arrastrar y ambos salen fuera del refugio del paraguas. Bernardo y el viejo los miran porque tampoco tienen nada mejor que hacer. A unos metros, en medio de la lluvia, la perra consigue arrancarse y galopa unos metros, como si todavía le quedase viva la intención del susto, o del mismo pudor.
Entonces Bernardo indica con un gesto al viejo que ate a la perra y vayan al coche. El gesto de atar a la perra, el de llevar el volante de un coche. Juntos bajan con sus perros por la vereda. Ya en las inmediaciones del jeep, Bernardo dice Alfambra varias veces. El viejo asiente y sonríe. Pero antes de subirse al coche saca una navaja cabritera de un bolsillo del pantalón y luego descuelga el conejo que lleva en la canana. El cuchillo lo coge por el filo, como cortan el queso los pastores, y de un tajo limpio le abre la piel al conejo. Después, con señas, indica que ese conejo es para Bernardo. El viejo señala a la perra y luego el conejo y finalmente a Bernardo, y sonríe. Bernardo no sabe con qué gestos no aceptar. El viejo lo ha dado por hecho, sería un desaire, hace frío y Bernardo quiere volver a Alfambra cuanto antes. El viejo limpia la sangre en la hierba y le arranca la piel al conejo. Bernardo ve los hilos blancos de las telillas despegarse con la piel. El viejo, con el mismo cuchillo, le saca un ojo al conejo y lo sostiene para que le caigan las últimas gotas de sangre.


Capítulo II

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2. Conejo desollado
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Julia está estudiando en su cuarto. Mañana tienen el examen de matemáticas de la primera evaluación, y pasado mañana el de literatura. Su madre y su tía le han repetido ya cincuenta veces que el bachiller no es lo mismo que la ESO, que en la ESO puedes hacer el vago y sacar muy buenas notas, pero que en el bachiller tienes ya que ser la primera y coger carrerilla para la universidad y luego para las oposiciones a notarías. Todo el verano han estado refregándole por los morros a Pototo cuando estaban tomando el sol en la piscina de la Moratilla, mira Pototo, mira cómo sin darse cuenta ya es fiscal, mira el coche que tiene en la puerta y la vida que le espera. La tía Angelita dijo que aunque fuese a estudiar derecho la niña tenía que escoger matemáticas porque luego, si resulta que no alcanzaba para notarías, siempre podía estudiar Económicas.
Pero a Julia las matemáticas le aburren. No es que no las entienda, porque el profesor explica muy bien, pero le irritan un poco. Esa frialdad sin comas de las matemáticas, ese nulo margen para la ilusión, para que las cosas no sean como está escrito que sean, es lo que a Julia le irrita un poco. Lleva toda la mañana del domingo sentada encima de los apuntes con el pelo rubio recogido, mira los diagramas y las ecuaciones; repite algún problema, y cuando lo resuelve levanta la cabeza y deposita la mirada en una chincheta que hay clavada en el corcho, la que sujeta una foto de Julia monísima en Menorca junto a un perro que iba por la calle. A veces también desparrama la vista hacia la ventana que tiene a su derecha. Su cuarto da al Polígono Sur, lo que antiguamente era la Cuesta de los Gitanos, una rambla entre peñascos de cal llenos de aliagas. En las lomas de enfrente ya están parcelando las viviendas nuevas. Julia lleva viendo ese paisaje yerto, con las vías del tren allá abajo, desde que hacía los deberes de la escuela. Justo debajo de su ventana hay un túnel que pasa por debajo de la vía del tren. Es demasiado estrecho para que quepan dos coches y todos los que suben y todos los que bajan tocan el claxon cuando pasan por ahí. Una mañana de domingo que no le apetecía estudiar contó los pitidos: cuarenta y siete, y porque no era un día laborable. Forman una especie de reloj de tiempo discontinuo que sin embargo, con el paso de los años, a Julia le ayuda a perder el sentido del tiempo real.
Julia oye cerrarse la puerta de la entrada. Su instinto es volver a los ejercicios, coger el lápiz en posición de escribir, y repasar mentalmente la situación, no sea que se haya dejado abierta la novela de para por las noches, y que Julia ha estado leyendo hasta media hora antes de que pudiera venir su madre y su tía y entrar en su cuarto de sopetón. Pero el modo de cerrar la puerta la tranquiliza. Sólo así cierra la puerta su padre, con extremo cuidado, de modo que sólo se oiga el metal de la cerradura, no el retumbar de la madera. Julia sale a saludarlo. El libro está cerrado en la mesita de noche. Se titula Emma, y está en inglés.
Bernardo va vestido de cazador y sostiene una bolsa de plástico de Mercadona en cuyo fondo se han acumulado unas gotas de líquido negro, como si viniera de comprar sepia. Julia se acerca a darle un beso y le pregunta qué lleva en la bolsa.
-Un conejo –dice Bernardo.
-¿Y eso? –dice Julia, pero antes de que su padre conteste se da cuenta de que la bolsa de Mercadona está goteando sobre la tarima flotante-. Corre -le dice-, déjalo en la cocina mientras limpio esto.
Bernardo se mete en la cocina y saca un plato de Duralex transparente. Es un plato viejo de borde lanceolado que ya solo se usa para la harina. Allí coloca Bernardo, encima de la tabla de cortar, el conejo desollado que le regaló aquel pastor ruso, o lo que fuera.
Julia mira con un poco de aprensión. El conejo no cabe en el plato y hay que ponerlo en posición fetal, sin manos y sin pies, encogido y con el cuello y parte de la cabeza destrozados y sanguinolentos, y no tiene ojos. Su piel es tan sonrosada y tan tersa que, descontando la cabeza, bien podría ser un feto. Se le marcan las costillas y al encogerse se le hunde la parte de las tripas en un gesto que es como el de meter estómago, Julia siente un leve hormigueo en el abdomen cuando se le ocurre la comparación.
Bernardo se lava las manos y sale a cambiarse. Su ropa de cazador huele a recién planchada cuando pasa por delante de su hija. Julia se queda mirando al conejo, sus muslos de atleta, el gesto de los muñones junto a la cara, como cuando los niños se protegen del frío. Pero Bernardo vuelve otra vez a la cocina con la cámara de fotos que le regaló la tía Angelita para Reyes y saca unas cuantas fotos del conejo, unas con flash y otras sin flash. Julia se ofrece.
-¿Quieres que te haga una foto con él?
-No –dice Bernardo, y añade-: ¿qué tal te ha ido?
-Bien –contesta Julia, aliviada porque la conversación no salga de lo habitual-. Las matemáticas ya me las sé –dice-. Esta tarde tengo que estudiar literatura.
-¿Conoces a Antonio López? –dice Bernardo, que ha subido un poco más la persiana de la cocina para retratar al conejo con luz natural.
-No –dice Julia -. ¿Quién es?
-Un pintor –dice Bernardo, y apaga la cámara de fotos. Luego se queda mirando el conejo y dice:- Me lo ha regalado un anciano que me encontré en el monte. Está cazado al diente, sin escopeta. Le ha quitado la piel y me lo ha dado.
Lo ha dicho en un tono neutro, de información sin segundas, puramente denotativa, como dice el de Lengua. Julia no sabe qué pensar, pero en ese momento le viene a la mente como un fogonazo su incredulidad primera. Conoce a su padre, sabe que le está tomando el pelo. Han dado tantas veces por hecho que no es capaz de acertar a una perdiz que él ahora se venga tirando de guasa. A esa conducta la tía Angelita la llama ser un somordo.
-¿No lo has cazado tú? –dice Julia, y finge incredulidad lo mejor que puede, pone todo su corazón en que parezca que cree que su padre puede cazar un conejo con semejante equipo de camuflaje.
-No –contesta Bernardo-, pero a tu madre y a la tía Angelita les voy a decir que sí. De momento, lo hemos despellejado entre tú y yo y luego hemos tirado la piel al contenedor de San Pablo, ¿entendido?
-Bueno.
Julia piensa un momento.
-¿Y a mamá tampoco le dices la verdad?
-Tu madre no sabe mentir –dice Bernardo, mientras coloca un poco el cráneo, para que no se salga del plato.
A Julia le da un poco de pereza interpretar las palabras de su padre. Puede que sea una broma, un secreto como los de los regalos de Navidad.
-¿Me puedo meter un rato en el ordenador? –dice Julia, que quiere marcharse. Julia tiene quince años para dieciséis y su madre le tasa las horas de ordenador. Le tiene dicho que si alguna vez se la salta, y ella lo ve, se darán de baja en la conexión. Matilde, su madre, tiene miedo de que Julia pierda el tiempo.
El padre asiente con la cabeza sin apartar la mirada del conejo. Julia se mete en su cuarto y conecta la red, y teclea en Google el nombre de Antonio López. La puerta de la entrada vuelve a abrirse y a cerrarse pero desde antes ya se oían en el descansillo las voces de su madre y la tía Angelita, que vienen a comer. La voz de la tía Angelita ya dentro de la casa es como si las dimensiones cambiaran y todo lo anegase un ciclón de voces y de perfumes.
-¡Qué vergüenza!, ¡qué barbaridad!, con dos criaturas y todo. Que te lo tengo dicho, Matilde, que son todos unos perros –es lo primero que oye Julia desde su cuarto mientras mira una reproducción del Conejo desollado de Antonio López, pero la tía cambia de inmediato de conversación:- ¿Aún no se ha levantado Julita?
Julia arrastra la silla de inmediato y ya de pie mata con el ratón todas las ventanas del conejo, y sale a saludar a su tía. Su tía tiene setenta y cinco años y muy buena salud. Lleva vestidos cerrados y abrigos de visón y peinados arriba España. Utiliza un perfume que huele a iglesia. Está gorda. Julia se acerca a besarla y la tía Angelita la abraza y le dirige entre besos y arrumacos y confesiones casi al oído la siguiente alocución:
-Julita, hija mía, seguro que ya estabas otra vez con los auriculares y no nos has oído entrar. Dame un beso. ¿Has dormido bien? Tienes mala cara. Te tenías que haber venido con nosotras. Nos hemos comido una ración de sepia en el bar Pepe con Rodolfo Marqués y su sobrino Pototo. ¿Te acuerdas de Pototo, que ya es fiscal? ¿Cómo van los estudios, hija mía? Te tenías que haber venido porque hoy el sermón de don Florencio ha sido una cosa fuera de serie, a mí se me arrasaban los ojos, qué razón tiene, hija mía, cuánta maldad y cuanta destrucción, Julia, hija mía, tú estudia mucho que esto se está poniendo feo. Tú sigue siendo siempre una mujer cabal, y no enseñes las bragas por la calle, como esas guarras que veníamos viendo ahora, ¿verdad Matilde?, con el frío que hace. Tú, hija mía, no olvides lo que has aprendido en tu casa, no hagas a un lado tu fe y tus principios, y sé una mujer valiente. Mira Soraya Sáenz de Santa María, anda, jódela, abogada del estado, que más o menos es lo mismo que fiscal.
La tía Angelita suelta la pieza y Julia deja salir la respiración largo tiempo contenida sin que nadie lo note. No le gusta el perfume de su tía. Su madre ha entrado en la cocina sin dejar el abrigo para ver si todo estaba bien. Cuando se fue por la mañana a llevar a la tía Angelita al cementerio e ir después las dos a misa a Santa Emerenciana se dejó sin fregar los platos de anoche, y le dijo a Julia: “Julia, por favor, recógeme la cocina, que si viene la tía y empieza a decir impertinencias me disgustaré”.
Julia había recogido la cocina, es lo primero que hizo, minuciosamente, cuando su madre se marchó de casa. Pero ahí estaba el conejo.
-¿Y este conejo?
Julia ha entrado detrás de su madre en la cocina porque si huía rumbo a su dormitorio corría el riesgo de que su tía la persiguiese.
-Lo ha cazado papá.
-¿Y lo ha cazado ya sin piel?
-No. Le hemos quitado la piel y la hemos tirado en el contenedor de San Pablo. Qué asco.
-Ya empezamos.
Matilde se ha puesto nerviosa. Su hija Julia lo ha visto en que después de decir “ya empezamos” ha expulsado el aire por la nariz, no por la boca, y se ha oído. Los tacones de la tía Angelita se asoman al umbral de la cocina.
-¿Qué tenemos para comeeer? –dice la tía Angelita, en tono cantarín.
Matilde ya está poniéndose un mandil. La tía Angelita, con los brazos levantados para no mancharse, se acerca al banco de la cocina y coge una oliva. Mientras separa con los dientes la carne del hueso, dice:
-¡Uh! –dice la tía Angelita. Es un uh que Julia odia, es el uh que dice la Choni, su compañera de curso, que es una maruja y achina los ojos cuando escucha-. Tú, Matide –dice la tía- dirás lo que quieras pero a mí me sirven un conejo así en una carnicería y no me lo llevo. Mira qué desechura en la cabeza, y toda esta sangre y los pelos y todo, y los huesos, míralos, que parece que los han partido con la mano. Se te clava un huesecico de esos en el esternón y te juegas la vida. Mira lo que le pasó a Luisa Sala.
-Lo he cazado yo –dice Bernardo, desde la puerta; las tres mujeres se giran a mirarlo. Julia decide que no va a decir nada. Matilde quisiera decir algo pero no se decide. La tía está terminando de chupetear la oliva. El hueso sale pintado de carmín.
-¿Y ya lo has llevado al veterinario? –dice la tía Angelita.
-No, no me ha dado tiempo.
-Te lo digo porque el otro día me contaba Mercedes la viuda de Lorenzo Santamaría que ahora en todo eso de Alfambra y por ahí ya no se comen la caza porque han echado tanto abono que las fuentes donde beben los bichos están envenenadas con sulfato.
-Bueno, pero… -dice Matilde, que no sabe qué decir. No sabe si decir “bueno, pero por un conejo guisado no creo que nos vaya a pasar nada”, o bien “bueno, pero además ahora ya tengo en un taper toda la fritanga de la paella y solo tengo que echar el arroz”. Mariluz le dejó hecho el viernes todo en la nevera con sepia y langostinos y de todo. Tampoco es cuestión de mezclar un conejo de monte con el pescado. Finalmente dice:
-Bueno, pero de todas formas estos conejos de monte tardan en cocerse una barbaridad. Mejor lo guiso esta tarde o lo empiezo a guisar ahora mismo y nos lo comemos esta noche o mañana.
-Tiene razón la tía –dice Bernardo, que se ha puesto la chaqueta de punto estiraceada y las pantuflas de paño escocés-. Lo he traído para hacerle fotos, pero estos bichos son muy jascos. Hay que quitarles bien las vísceras y dejarlos por lo menos una semana que se vayan pudriendo un poco y se les ablanden los nervios. Luego se cuece bien para que se vaya el olor de la putrefacción y están exquisitos. Los franceses comen así. El domingo que viene os haré una receta que he visto en internet. ¿Eh, tía?
-Ah, pues mira –dice la tía, que se ha metido otra oliva en la boca-, mira qué buena idea. Oye, Matilde, esto es un chollo, tienes por la mañana un hombre que sale a cazar y por la tarde un chef francés… -dice la tía, y abre los ojos y cierra la boca para seguir despellejando la oliva.
Matilde ha sacado ya la fiambrera de la paella de marisco que le dejó Mariluz y lo está echando todo en la paella.
-¿Abro una botella de vino? –dice Matilde.
-He traído un vinillo de Alfambra estupendo.
-¿En Alfambra hay vino?
-Hay poco, pero hay, claro que hay.
Bernardo saca de la nevera una botella de plástico de litro y medio con algún girón de la etiqueta de agua sin gas que no pudieron quitar del todo. En la botella se notan los dedazos. Dentro hay un líquido como cobrizo, amistelado, avinagrado, pero no rojo.
-Ay, no, yo no, gracias, Bernardo, que enseguida se me sube a la cabeza. Mejor me pones un bitter kas sin alcohol.
-¿Y tú, Julia?
-Nada, no tengo sed. Voy a recoger un poco mi habitación –dice Julia.
Matilde arranca una tira de papel de plata con la que cubre el conejo y remete los bordes de papel bajo los lanceolos de Duralex. Mete el plato en la nevera y, antes de cerrarla, se saca una cerveza para ella.

Capítulo III

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3. La lengua de las Matemáticas
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Nikolái Mijáilovich Breshkovski está aprendiendo el castellano sin querer, pero no se lo ha dicho a nadie. En España la gente habla sin descanso, y cuando alguien se queda callado suelen preguntarle si se encuentra enfermo. Pero Nikolái, Kolia, tiene una excusa, que no se entera de nada. Mira al profesor y copia mecánicamente, para disimular, las palabras que escribe en la pizarra, pero no las entiende ni tiene el más mínimo interés por comprenderlas. Kolia está bien. Hace mucho calor en el aula, pero el sonido de la voz del profesor, sus eses y sus erres, le resulta gratificante.
En realidad no hay posibilidades de hablar con nadie, al menos con nadie con quien a Kolia le apetezca hablar. Tan sólo un par de profesores se han acercado a él, le pusieron la mano en el hombro y le dijeron frases incomprensibles. Pero él ya se ha acostumbrado a ser un extranjero, a que su condición de individuo quede diluida en la de alguien a quien se obvia. Teruel es una ciudad muy pequeña y a cada paso hay gente que se ha parado a charlar. Kolia cruza el puente, un puente grande, de treinta metros de ojo, y atraviesa esos grupos sin que nadie gire la cara por si el muchacho es otro conocido, alguien a quien habría que saludar o preguntarle por sus familiares enfermos. Aunque dos personas no se saluden, en sus andares y en su manera de pasar uno al lado del otro es evidente que ambos saben de quién se trata el otro, que lo han identificado y después decidido si lo iban a saludar. Eso en Irkutsk también sucede. En todas las ciudades pequeñas pasa lo mismo.
Pero la actitud de los transeúntes que se paran a charlar en lo alto de un puente resulta distinta cuando al lado pasa un extranjero, porque entonces no se puede distinguir ni el más mínimo gesto, ni el menor cambio de postura, nada en su posición ni en su manera de mirar da esa sensación de conocer a quien pasa, o de mirarlo, o de decidir el grado de vencindad que los une. Los extranjeros pasan como si no hubiesen pasado, igual que pasan los turistas en una ciudad acostumbrada al turismo, igual que un vecino de toda la vida del centro de Venecia miraría a unos turistas holandeses. Sólo un extranjero siente esa negación absoluta. Pero esa condición de fantasma es para Kolia la paz absoluta de su espíritu, lo mejor que le pudo suceder desde que llegaron a España, el fin de todos sus miedos y contradicciones. Su sensación era la de quien, en una situación incómoda, desea que se lo trague la tierra, y la tierra se lo traga, y lo escupe en un lugar donde no tiene la suficiente entidad social como para ser uno de los que atraviesan el puente con la certeza de que antes de abandonarlo habrán saludado a un semejante. En estas circunstancias, Kolia sólo disfruta en la clase de matemáticas. Las matemáticas se escriben igual en ruso que en español. Sin embargo, las dos veces que el profesor, Javier Santacruz, un tipo serio que le cae bastante bien, le preguntó con palabras y gestos si había entendido algo, Kolia no expresó nada, bajó la mirada y miró la superficie del pupitre, en un azoramiento absolutamente fingido que de inmediato hacía que el profesor no insistiese, sobre todo porque detrás de Kolia se oían risas aisladas. Kolia nunca ha dicho que sí, que lo entiende todo, ni tampoco lo puede decir ahora, porque sólo habría conseguido devaluar el efecto de su estrategia. Si ahora, con su nulo castellano, demuestra sus conocimientos en matemáticas, quizá la gente dejara de reírse, quizá pensasen que, aunque no se entera de nada, tampoco es tonto del todo. Hay que tener un poco de paciencia, seguir mirando la pizarra sin emitir ningún mensaje con los músculos del rostro, seguir observando la pizarra con las manos boca abajo, simétricas sobre la superficie vacía de la mesa. Hay que dejar que las risas se acrecienten, y luego cortarlas en seco.
De algo le tendría que servir a Kolia la herencia rusa. El general Kutúzov ganó a Napoleón porque, de entre todos los altos mandos, incluido el Emperador, fue el único que supo decir que no a las fáciles victorias. Mientras todos veían con claridad lo que ocurría en una posición determinada, en un momento concreto, el general Kutúzov veía pasar la realidad, sabía cómo atenerse a su ritmo y a su sentido general, y calculaba el sacrificio necesario para ser después recompensado con holgura.
Desde su asiento, en su condición de fantasma, Kolia puede ver al resto de los alumnos de un modo, digamos, más limpio. No hay deseos ni rencores en sus ojos porque no hay nada que esperar de ellos. Las chicas atractivas pueden ser contempladas como si no estuvieran vivas del todo, con distancia, con desapasionamiento. El resto de chicos no se comporta con naturalidad cuando habla con ellas. La misma confianza es una muestra de falta de naturalidad. Ahora es evidente cómo, aparte de ser amigos, o compañeros, o nada, hay entre ellos una compleja trama de gestos diminutos, inconscientes, que revelan pudor o exceso de confianza, amor, odio u ostentosa indiferencia. Kolia los ve, sobre todo a las chicas, como lo que son, seres intangibles que se comportan en su presencia como si él no estuviese.
En la escuela de Irkutsk, su profesor de matemáticas era un antiguo capitán del ejército soviético. Siempre se había dedicado al entrenamiento deportivo, y sus métodos eran muy constantes y rigurosos. Desde el principio, desde que les enseñó a sumar, empleó la misma táctica. Primero escribía en la pizarra la operación que los alumnos tenían que resolver. Después de cinco minutos, la borraba. Los alumnos, entonces, tenían que estar en silencio media hora, al cabo de los cuales el capitán Vsevolodivich les daba un papel en blanco. Aún les quedaban cinco minutos para escribir de nuevo el enunciado de la operación y su resultado, y entregarlo cuando Vsevolodivich diera una seca, sonora palmada. Eso lo hizo, respetando el mismo tiempo, con la operación 2 + 2 y, años después, con complejos cálculos infinitesimales.
Para Kolia es una costumbre, algo que nunca le costó demasiado esfuerzo, entre otras razones porque durante el invierno, como no se podía salir al patio, la ración de matemáticas era doble. O triple. No, muchos de aquellos alumnos no guardan buen recuerdo de aquel sistema. Vsevolodivich organizaba una especie de competición, una lista con cien de ejercicios por la que había que ir escalando a lo largo del curso. Si llegabas a 70, en vez de un 7, como ocurre aquí, eras nombrado capitán. Vsevolodivich siempre fue muy honesto consigo mismo.
La sorpresa de Kolia nada más llegar a España fue que lo que se exigía para sacar un 10 era aproximadamente lo que su maestro pedía para ser cabo (en Irkutsk sólo aprobabas si llegabas a teniente), así que ha decidido homenajear al capitán el día del primer examen. Todo es, sobre el papel, muy fácil. El profesor les ha dado un folio con tres ejercicios muy sencillos de cálculo diferencial. Kolia procede como siempre, como desde que era niño, memorizando los enunciados. Ya sabe que es inútil. Puede ver el enunciado durante todo el examen, durante mucho más tiempo que los exiguos cinco minutos a que estaban adiestrados en Irkutsk. Pero, afortunadamente para él, se da cuenta de inmediato de que si trata de sacar provecho de la ventaja no será capaz de resolver el ejercicio. Sí, acostumbrado a un mismo método durante toda su vida, ahora, de pronto, de golpe, en el día señalado, decide utilizar otro (no se trata de que sea más o menos ventajoso, sino de que es otro), seguramente la parte no racional de su cerebro, las células emotivas, se apoderarán de su lógica sin que Kolia pueda hacer nada para remediarlo. De modo que, después de cinco minutos exactos de mirar el folio que le ha dado el profesor, Kolia lo dobla y se lo guarda en el bolsillo del pantalón, y se pone a mirar al papel en blanco.
¡Todo el mundo se ha enterado! De pronto, sin apartar la vista del papel, sin ver a quien, sin mirarle, le da por pensar en él, Kolia siente una especie de escozor en el cuello, agravado por el hecho de que no puede rascarse. Rascarse el cuello durante un examen de matemáticas puede ser una información muy valiosa. Sus vísceras, sobre todo su corazón y sus intestinos, reaccionan de inmediato a semejante catarata de pensamientos diminutos que se ciernen sobre él. Es como si todo el mundo, cuando, después de leer sus enunciados, procede a cambiar de postura, a recogerse el pelo, a sacar la calculadora, contemplase ahora cómo Kolia da el asunto por concluido. No les habrá llamado la atención que dejara el enunciado sobre la mesa, pero sí que se lo haya guardado. Es un momento. Nadie, salvo el profesor, le dedica al asunto más de un segundo, y la culpa ha sido de Kolia, porque ha hecho sin ningún disimulo el gesto que muchos otros harán ahora con todas las precauciones, pero no para meterse un papel al bolsillo sino para sacarlo.
Sólo ha habido una persona que permanece mirándolo. Los demás han pensado en él por primera vez en sus vidas, pero ya se les habrá olvidado. Se han reído los que se ríen siempre que un profesor le pregunta a Kolia si ha entendido algo, pero los demás vuelven a sus puestos. Las chicas se esconden en sus cabelleras y los chicos se encorvan sobre los papeles o empiezan a dibujar monigotes, o tratan de copiar. Pero una chica sigue mirándolo, no exactamente la más bella, no la chica guapa (una de las varias chicas guapas) que Kolia ve con la distancia de quien no tiene nada que hacer, sino una chica en la que él tampoco se había fijado, a pesar de que la ha visto subir al autobús de Alfambra en el que viene por las mañanas, pero que también ha sido hasta ahora un fantasma para él, una chica que le ha pasado desapercibida precisamente porque su aspecto le parecía del todo vulgar, es decir, ruso, y que con el tiempo ha descubierto que entre sus compañeros es lo que se suele decir una chica rara.
No es rusa, es de Alfambra, y se llamaba Esther. Y tampoco habla con nadie. Está clarísimo que esa chica trata de solidarizarse con Kolia, o bien que Kolia para ella es más normal que sus propios paisanos, quién sabe. Es posible que el hecho de coger los dos el autobús en la parada de Alfambra haya despertado en ella sentimientos compasivos. Tiene la piel muy blanca y el pelo lacio y muy negro. Sus labios son oscuros y sus ojos grandes y azules. Le recuerda, ahora que por primera vez la está mirando, a una compañera de la escuela, Luzmila Fyodorovna, que le caía bastante mal. Mientras mira el papel en blanco se le pasa varias veces por la cabeza el rostro de Luzmila. A medida que, con la minuciosa técnica de siempre, va resolviendo los ejercicios, Kolia vuelve a ver a Luzmila en situaciones que antes, cuando las estaba presenciando, no había visto. De pronto se siente culpable por no haberle hecho más caso a Luzmila. Siempre ha sido muy amable con él. Kolia se acuerda, por ejemplo, de algo que había desaparecido al momento de suceder, cuando murió su hermano Sergei y Luzmila se acercó y trató de charlar con él, y Kolia no le hizo ni caso.
El conocimiento, la empatía, los corpúsculos de afecto que viajan de un cuerpo a otro antes incluso de conocerse, y que entran antes por las vísceras que por el cerebro, le despistan todo el rato, a pesar de que Esther ya está resolviendo su examen (aunque cada cierto tiempo lo mire) y Kolia no aparte la vista del papel en blanco. De pronto se le ocurre, influido seguramente por alguno de aquellos corpúsculos, que si él lleva a término su plan las consecuencias no serán del todo felices. Hasta ahora, todo el mundo piensa que Kolia es un extranjero que no se entera de nada. A partir de ahora, será un extranjero que no se entera de nada pero es muy inteligente. Todo el mundo contará la hazaña, nadie reparará en que se trata de una costumbre, y que de un modo normal y corriente, como ellos, acaso no habría sabido resolverlo. Es posible que, dado el nivel tan mediocre de matemáticas que hay en el instituto, intenten, a su modo, captarlo para concursos de ciencias. También es posible que a partir de entonces lo consideren peligroso, la típica mente venida del hielo. Pero lo peor es que no ve en la clase a nadie capaz de sentir por ello simpatía hacia él sino admiración, y no la admiración de quien envidia determinadas aptitudes del otro, sino la de quien considera que ciertas capacidades son propias de los locos.
El pesimismo ensombrece la página. Ve en el reloj que faltan cinco minutos para entregarlo, el tiempo que necesita para reproducir con exactitud los enunciados y todos los pasos que ha tenido que dar hasta llegar a la solución exacta. Entonces vuelve a meterse la mano en el pantalón. El asiento de la silla rechina y todo el mundo a la vez levanta la vista. Kolia estaba de medio lado, con una mano en el bolsillo. Es como si lo hubiesen pillado. Está muy serio y la gente se ríe. Pero estalla en una carcajada general, Esther incluida, cuando saca del bolsillo un lápiz de Ikea. En su casa hay muchos lápices de Ikea, de madera, muy cortos, apenas para usarlos con las puntas de los dedos.El profesor apaga las risas y se pone muy serio. Todo el mundo calla. Él sigue hablando, al principio muy tenso, pero pronto mucho más relajado. Kolia no entiende nada, pero de pronto capta la palabra NASA, y también entiende la palabra Gagarin, que es un apellido ruso, el apellido del astronauta que subió al espacio con un lápiz. La anécdota se la contó mil veces el capitán Vsevolodivich. La humanidad entera sabe que, mientras en la NASA investigaban en una tinta que escribiera sin gravedad, los rusos usaban lápices. El final de la anécdota coincide con el timbre que anuncia el cambio de clase. No le queda tiempo. Tan sólo, en el centro, Kolia escribe el resultado.
Pero no lo entrega al profesor. Lo dobla en cuatro partes, se levanta de su asiento, confundido entre todos los que están entregando también su examen. Se acuerda de Luzmila. Qué feliz se habría sentido Luzmila, aquella chica tan transparente a la que nadie hacía caso, si Kolia le hubiese mostrado alguna forma de agradecimiento cuando lo consoló en el entierro de su hermano. Así que hace no lo que habría hecho el capitán Vsevolodivich, sino lo que habría hecho él mismo si no hubiese tenido que marcharse de su país: acercarse a Esther, la chica de Alfambra, que corría para terminar su examen, y dejar el papel sobre su mesa.

Capítulo IV

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4. Los hombres que se van con extranjeras
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Las cuatro amigas ya se han bebido sus cortados descafeinados de máquina pero siguen charlando. Están en el Expresso, un amplio café retro con aspecto de franquicia, las paredes de piedra artificial y muchas fotos antiguas. Lo habitual es que se reúnan a las diez o diez y media, a esa primera hora de asueto entre obligaciones. Ya están los niños en el colegio y los maridos se han evaporado y ha llegado la asistenta y se han hecho las diez, y se van a tomar un café. No son todas de la misma edad. Matilde es la más joven de todas. Matilde pasa generosamente los cuarenta, y Virginia y Remedios también, pero María Dolores es aún más generosa con los cincuenta. Matilde está harta de que hablen siempre de lo mismo. Dos de ellas vienen con la tertulia radiofónica de Federico Jiménez Losantos todavía fresca en las entrañas, las otras dos hablan menos de política.
De entre las políticas, una lo es porque su marido fue candidato del Partido Popular en las últimas elecciones. En ella se suma la ideología con los deberes maritales. Se llama María Dolores. La otra, Virginia, es más liberal. Le apasionan los adulterios, le brillan los ojos cuando alguien pronuncia la palabra amante. De los actos sociales sólo le interesa la nómina VIP, y la verdad es que siempre anima los soliloquios de María Dolores con alguna frivolidad que a María Dolores, que es del Opus, le sienta como un tiro. Estas escenas divierten a Matilde, ella misma pregunta cosas a Virginia cuando a la política eclesiástica se le escapa un segundo de silencio y puede meter baza. La otra no política, Remedios, que fue al colegio con Matilde, intenta traer la conversación a cuestiones más profundas, pero sólo Matilde le sigue la corriente, porque María Dolores está en campaña permanente y Virginia se limita a tener salidas graciosas pero no acapara la conversación.
Si Matilde o Remedios llegan las primeras, aún pueden hablar unos minutos del hastío vital o de lo bueno que está el camarero cubano. Si luego llega Virginia, ya sólo pueden hablar del camarero cubano, y para cuando aparece María Dolores la conversación se empantana en el problema de la emigración. En todas las otras posibles combinaciones de recién llegados, el locutor de la COPE Federico Jiménez Losantos aparece antes de lo que Matilde quisiera, y es muy difícil echarlo.
Matilde va por Remedios, y en más de una ocasión ha estado por decirle que se cambien de bar, o de horario. Remedios se siente más cercana a Matilde que a las otras dos, y no sólo en cuestiones políticas. Remedios cree que con Matilde tiene más cosas que hablar que con las otras. Le gustaría hablar con ella de cine por ejemplo, o de las vicisitudes del amor maduro, que la tienen muy intrigada. Pero Matilde se toma el cortado descafeinado de máquina y se va. María Dolores se portó muy bien con el padre de Matilde cuando su marido consiguió que le recalificaran un terreno, y Matilde se siente obligada. Si dejase de aparecer por el Expresso a las diez o diez y media sería un desaire. Hoy la primera en llegar ha sido Virginia, de modo que cuando llegó Matilde ya estaban las tres acodadas en el velador y hablando bajo.
Veinte minutos después siguen hablando de que el marido de Esperanza Beltrán se ha liado con una extranjera veinte años más joven que él. Toma la palabra María Dolores, después de que Virginia haya terminado con los detalles escabrosos.
-Mira, Matilde, me lo decía el domingo en misa tu tía Angelita, me decía mira, María Dolores, siempre que llegan los rojos al poder pasa lo mismo, que todo el monte es orégano. Porque yo no sé a ver por qué motivo tenemos que tener tanto roce con ellos. Estas chicas rumanas no porque el jefe las lleva muy rectas, pero es que vas a otros bares donde hay niños y todo y te las ves en la barra con las tetas fuera, y eso no puede ser. Y estas pájaras mulatas mucho menos, que mucho amol y mucho meneo y cuando te quieres dar cuenta te lo han cogido y ya no lo sueltan. Porque a ver, ¿qué quieren, qué quiere esa moza con el marido de Esperanza Beltrán, a ver? Pues qué va a querer, las perras. ¿Adónde va a sacar esa tía un partido como el marido de Esperanza Beltrán, la pobre, que no para de llorar?
La camarera rumana trae dos cortados descafeinados de máquina y un vaso de agua. Remedios no puede quedarse callada.
-Quién sabe, dice. El marido de Esperanza Beltrán no es idiota, algo le dará.
-Seso, seso y nada más que seso –dice María Dolores.
-Es que si no les das sexo no te duran nada –tercia Virginia.
-Virginia, no digas tonterías –la reconviene María Dolores.
-Yo por lo pronto a mi Paco lo tengo contento –zanja Virginia. Matilde se ríe, a Remedios se le suben los colores.
-¿Pero cómo puedes decir eso? –dice Remedios.
-Ay, hija, pues como lo has oído. Tú como eres medio de izquierdas crees en el pan y la cebolla, pero yo no.
-¡Pues es una postura muy elástica! –dice María Dolores, para María Dolores la palabra elástica significa inmoral, no relajado, del mismo modo que la palabra estúpida significa creída, no idiota. No obstante, añade:- ¡Y no le veo yo tampoco mucho espíritu cristiano, Virginia, la verdad!
-Yo lo único que sé de los hombres es que todos quieren lo mismo. Y tú luego lo pintas como te dé la gana. Yo estoy casada con mi Paco y lo hacemos sin condón, así que cristiana más que ninguna. Pero una cosa es ser cristiana y otra ser un cardo.
-¡Oye, guapa! ¡Estás hablando de Esperanza Beltrán! –tercia María Dolores indignadísima.
-¡Pues tampoco le iría muy bien a Esperanza Beltrán! Que, en fin, para qué hablar –se defiende Virginia.
-Eso –se mete Remedios-, para qué hablar. Pero no sé, yo creo que eso ha pasado siempre. Siempre ha habido gente que se va con otro. Es lo más normal del mundo.
-Pero ahora hay más. Ahora se ponen más a tiro –dice María Dolores-. Yo porque he tenido una suerte bárbara con mi marido, pero yo si fuese otra vez joven, yo si fuese joven ahora, a ver cómo vas a elegir novio, a ver cómo compites.
-Es la globalización del amor –dice, de pronto, Matilde, y después de decirlo se queda callada. Es como si hubiera enunciado el título de su parlamento y luego no hubiera sabido qué decir. Hay un par de segundos de silencio espeso, hasta que Virginia desdramatiza.
-¿Cualo?
-Sí –dice Matilde, que no estaba segura de si ha dicho esas palabras o sólo las ha pensado-. Aquí es que hemos sido siempre pocos. Todas nos hemos casado más o menos con el que nos tocaba. Ninguna hemos vivido mucho tiempo en otra parte. Hemos crecido con nuestra generación. Tarde o temprano, nos vamos apañando entre nosotros. Pero de pronto crece la ciudad y las mujeres no son las tres o cuatro compañeras de trabajo y las amigas de toda la vida. Surgen otras posibilidades.
Matilde ha dicho eso como si lo estuviera recordando. A sus tres amigas les ha parecido un poco extemporáneo, con la mirada un poco perdida del desengaño, como cuando acaban de enterarse de que sus maridos las traicionan y aún no les ha dado tiempo a reaccionar y hartarse de llorar, o jurar venganza. Matilde lo ha dicho con resignación y con rencor. Nada indica que estuviese hablando de sí misma, pero sus amigas así lo perciben, sobre todo Remedios y Virginia, sobre todo Virginia.
-¡Pues estás tú como el día! –dice Virginia.
Matilde no sabe por qué ha dicho todo eso. Quizás haya sido un resumen mental que se le ha escapado. Ella es muy reservada e incluso en conversaciones sobre Federico Jiménez Losantos sabe situarse en un lado, lubricar la conversación con sus preguntas y sus pequeñas aportaciones pero no acapararla por completo. Va allí para escuchar. Quizá sigue yendo allí porque a esas horas no tiene nada mejor que hacer. Pero no quería ser tan solemne, ni tan íntima, ni tan nada. Las palabras han salido por su boca y a medida que las iba escuchando entendía lo que la tiene tan inquieta últimamente.
-Pues a Bernardo no le pega nada largarse con una dominicana, Matilde, así que tú tranquila –dice Virginia.
-No, Bernardo es más sobrio. A Bernardo no le gusta bailar ni bajarse a la playa, así que ya hay un continente menos –dice Matilde, con la media sonrisa de quien está contando un chiste.
Las amigas se ríen. Las amigas saben ver cuándo alguien ha intentado contar un chiste. Es su oportunidad para demostrarse unas a otras que son amigas y se apoyan.
-Ay qué gracia –dice Virginia.
María Dolores y Remedios pespuntean el comentario con risas flojas. María Dolores centra de nuevo la conversación.
-Pues Esperanza Beltrán es una chica majísima que no se merecía esto. Con dos hijos y todo que tienen, que el mayor está ya terminando medicina y la pequeña está en el curso de Julita, ¿no, Matilde?
A Matilde se le había ido el santo al cielo. Ella está junto a Virginia de cara a la puerta. Las tres mesas corridas de los ventanales están ocupadas por un señor mayor que lee el Diario de Teruel acodado sobre el velador, por una pareja de novios con gafas de sol y por cuatro muchachas que andarán por los treinta y que tienen la misma postura que ellas y el mismo aspecto de estar chafardeando. También, como ellas, tienen todo hecho y se bajan a tomar un cortado descafeinado de máquina. Entre la mesa de Matilde y la de aquellas chicas media un mínimo de quince años pero la imagen es la misma. Todas tienen todo hecho, el futuro es un lento cortado descafeinado de máquina.
Matilde está un poco depre esta mañana, pero se despabila enseguida porque en ese momento se descorren las puertas de cristal del bar y hace su entrada Esperanza Beltrán. Matilde se siente azorada porque María Dolores está diciendo en ese momento que se rumorea que fue ella la que los pilló en la cama. Es Virginia la que sin abrir mucho los labios las informa de que acaba de llegar Esperanza, y es entonces María Dolores la que gira todo su cuerpo y saluda con la mano y hace sonar la esclava de oro.
Esperanza se acerca hasta ellas. Va elegantísima. Lleva un chaquetón de cuero negro con solapas y unos pantalones negros ajustadísimos (Esperanza tiene muy buen tipo). María Dolores le dice a Remedios que se corra un poco para que quepa una silla más para Esperanza. Cuando se sienta, las cuatro amigas perciben el perfume de Esperanza, fragancia suave de Clinique, y la saludan y le preguntan por todo menos por lo que le querrían preguntar.
Matilde, instintivamente, busca el dolor en los rasgos bien maquillados de Esperanza. Le parece ver un rastro de ojera que se ha tapado con el maquillaje. Aparentemente se la ve muy desenvuelta y sin ninguna muestra de sufrimiento, pero las cuatro amigas piensan que la procesión va por dentro.
Pero todo se nota un poco. María Dolores está más amable que de costumbre y Virginia más risueña y a Remedios le tiembla un poco el labio inferior. También Esperanza, que siempre fue una chica un poco triste, mueve mucho las manos para hablar y abre mucho los ojos, y Matilde no sabe si es que se ha vuelto muy expresiva o es que trata de vengarse de su marido aparentando que es feliz.
Esperanza les está contando que va así de arreglada porque se va a ir a Valencia a ver la exposición de Joaquín Sorolla sobre los pueblos de España que le han dicho que es una preciosidad. Matilde siente un pisotón en el pie izquierdo y poco después un leve pellizco en el michelín. Virginia está tratando de decirle algo. En efecto, el marido de Esperanza Beltrán acaba de entrar en el café Expreso con una mujer bastante más joven que él. Virginia se ha quedado de piedra. Lo primero que piensa Matilde es que va a meter la pata, que no va a ser capaz de hacer como que no lo ha visto.
Al principio a Matilde también se le suben un poco los colores y siente una opresión en la boca del estómago. Rechaza cualquier posibilidad de asistir a una escena de celos, no quiere contemplar cómo Esperanza Beltrán tiene que pasar por el trago de que su marido se pasee con su amante por los sitios por donde va ella. Matilde no juzga a nadie, pero un poco de discreción no habría estado mal.
Lo que más le llama la atención, sin embargo, es la actitud de Virginia, que muy lejos de meter la pata empieza a contarles un chisme.
-¿Pero habéis leído hoy el Diario de Teruel? Me estaba acordando de ti, Esperanza, esta mañana cuando lo leía. Dice que los jardincillos de los Paúles, esos tan monos que hay donde la Casa del Barco, que los van a llenar todos de cemento y van a cortar los pocos árboles que quedan. ¡Me da una pena!
-No se paran ante nada –dice María Dolores.
-¿Y eso por qué? ¡Eso…! ¡Bueno! ¡Eso no puede ser! –dice Esperanza Beltrán, y Matilde percibe que le está dando demasiado énfasis, como si en el fondo le importase un pimiento pero quisiera entrar de lleno en la conversación y compartir las penas de sus amigas.
-Nos están quitando los paisajes –dice, tristemente, Matilde.
-Chica di que sí –dice Virginia-. En esos jardincillos le di a Paco el primer beso. No se veía ni torta.
Pero el marido de Esperanza Beltrán no se ha ido. Está hablando con la chica joven, que no es fea ni guapa, al menos en la distancia. Se acercan para cuchichear con firmeza, como si estuvieran decidiendo el destino de las vacaciones o el modelo de lavadora que se van a comprar. Matilde ve en ellos la conversación apasionada de quienes están empezando a vivir juntos. Y ante ella ve a Esperanza Beltrán, que ha empezado a recordar cuando estudiaban en las Teresianas y por las tardes iban a jugar a esos jardines.
El camarero cubano se acerca y Esperanza le pide un cortado descafeinado de máquina. Cuando se va, María Dolores se gira para pedirle también un vaso de agua y es entonces cuando ve al marido de Esperanza con su amante. Su cuerpo da un bote en el asiento y se queda como paralizada, con los labios prietos, buscando cómplices por toda la mesa. La situación de María Dolores es difícil porque quisiera volverse a fisgar pero también, según las instrucciones oculares de Virginia, comprende que debe hacer como que no se ha dado cuenta. De momento hace como que está enfadada, y se levanta un momento al baño. Cuando vuelva podrá mirar lo que le dé la gana.
Y entonces Esperanza Beltrán mira el reloj y se vuelve hacia la barra y los ve, pero en lugar de volverse hacia sus amigas corre la silla, se levanta y se encamina muy tiesa hacia ellos. Remedios se vuelve. Todo está pasando mientras María Dolores está en el baño. No se lo perdonará en la vida.
Las otras tres amigas ven cómo Esperanza se acerca hasta los amantes y con toda la naturalidad del mundo va y le da dos besos a ella, a la otra, y otros dos a él, a su marido, y sonríe mientras les dice algo y se hurga en el bolso. Matilde cree ver que la otra chica está un poco cortada, aunque también sonríe. El marido está de espaldas. Al marido no pueden verle la cara. Esperanza le da algo a su marido y siguen sonriendo unos instantes, explicándose algo, señalando la residencia del Padre Piquer, que está detrás de la cafetería. El marido lleva ropa de espor, y ella, la otra, va muy sencilla con unos vaqueros desgastados y unos zapatos blancos de tacón.
-Necesito agua –dice Virginia, pero no redondea el comentario porque ya han terminado de hablar y el marido de Esperanza y su amante saludan al jefe del café y se marchan por las puertas de cristal batiente sin mirar al corro donde están ellas. Esperanza vuelve como terminando de sonreír, se sienta y hurga otra vez en el bolso.
-Llevo un lío de llaves que no me aclaro. Me pidió Fernando las llaves del apartamento de Menorca y a poco las encuentro esta mañana.
Esperanza saca por fin el paquete de Philip Morris y el encendedor.
-La verdad es que nos llevamos estupendamente desde que nos hemos separado. Y la chica es muy maja. Yo decía ya verás, con lo desastre que es Fernando, pero no, es una chica muy sensata y muy maja.
En eso llega María Dolores y Esperanza se enciende un cigarro. Lleva mala cara porque cuando salió del baño ya no estaban los amantes. Una lástima.
-Pues no –dice María Dolores, reanudando la conversación-. No hay derecho a que nos quiten los paisajes.
-Pues no –dice Esperanza, soltando el humo, y sujeta con dos dedos el cigarrillo, que tiembla como una hoja.

Capítulo V

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5. Una buena pieza
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El edificio de Fomento es un caserón rodeado de abetos con grandes ventanas de medio punto y arcadas de piedra que lleva casi un siglo clavado a la entrada del viaducto nuevo, en el arranque de la Avenida de Sagunto. Este viaducto corre paralelo a otro antiguo por el que ya no se permite la circulación rodada. Ambos puentes conectan el casco antiguo, un islote de cales y arcillas sobre el que se arracima la ciudad medieval, con el principio del Ensanche, una zona que en los años 30 quiso expandirse con mansiones de recreo pero pronto le fueron creciendo edificios de pisos. Fomento está en la acera de la izquierda, y después de él, al cruzar el callejón por donde se accede al aparcamiento, ya hay un edificio grisáceo de tres plantas con ventanas de pvc, una fachada con retales de piedra y una puerta de aluminio cortante y cristales viselados y un telefonillo que todavía conserva los nombres de los vecinos escritos con Dymo, esa cinta de plástico duro sobre la que se grababan en blanco las palabras. Una de ellas, la del primero derecha, verde oscura que repinga por los bordes, lleva escritas las iniciales I.G.N.
Bernardo se siente a gusto en esa especie de exilio. No tiene que tratar con todo el personal de la consejería de Fomento, ni tampoco puede recibir visitas por sorpresa. Todo el que quiera algo de su departamento tiene que pulsar el telefonillo.
A Bernardo todavía le quedan muchos años de vida laboral. Se diría que hace mucho que partió pero el destino aún queda lejos. El preferiría seguir en este puesto fantasma, solo, entregado a una labor que lo entusiasma. El Servicio Geográfico Nacional tiene mapas de toda España a una escala 1:25.000, pero sólo unas pocas comunidades han desarrollado un compendio de mapas 1: 10.000, e incluso esas dejaron de desarrollarlo cuando irrumpió en nuestra vida el Google Earth. El programa informático Sigpac del Ministerio de Agricultura tiene un zoom de mapas que llegan al 1:25.000 y de ahí pasan ya a la foto catastral, así que no es necesario dibujar mapas que se corresponden con las fotos y que ya no aportan más topónimos.
Bernardo, sin embargo, trabaja a la antigua usanza. Parte de los mapas que hay y los recorre palmo a palmo, mide sus lindes, sus alturas y sus accidentes, e indaga en el catastro las denominaciones de los bancales, sus dueños o sus nombres. Es como un buscador de setas ni venenosas ni comestibles. Cuando él deje de hacer eso ya nadie lo hará, o se limitarán a reproducir imágenes digitales. Todo en su vida laboral está en proceso de extinción, su cargo y su trabajo, sus métodos y sus conocimientos. Bernardo ya tiene rescatados y puestos en la nueva versión cartográfica de la comarca 157 nombres nuevos. En su situación podría dedicar las mañanas a leer el periódico o los Episodios Nacionales de Galdós, o a bucear sin control por la red o suscribirse a páginas prohibidas. El único hilo que lo une a la administración es que a final de mes le ingresan una nómina. Sin embargo, Bernardo suele hacer más horas de las que le corresponden porque el tiempo vuela cuando se trata de ir trazando curvas de nivel, antes de dibujarlas con el programa del ordenador. Dos veces por semana, y con su propio vehículo (teme que al usar coche oficial el jefe repare en su presencia), Bernardo recorre parajes del barranco de Sollavientos y las crestas de Patagallina, toma fotografías, anota la situación y luego, en la oficina, trata de buscar los nombres de los lugares.
Hoy está un poco descentrado. Lleva toda la mañana delimitando la masía de Palomeras, donde ayer Bernardo se encontró mientras cazaba con aquel anciano eslavo que le despellejó el conejo. Ayer las indirectas se sucedieron durante la comida con la tía Angelita y los padres de Matilde y su hermana Mariló, que al final se apuntó también y vino con el marido y los niños. Se quedaron cortos de comida y hubo que sacar chuletas de ternasco del arcón congelador, donde metieron el conejo envuelto en la bolsa de Mercadona.
Bernardo no se enfadó, le parece pueril enfadarse por eso, y por otra parte hace años que se cansó de ser orgulloso. Pero sucede que el hecho de no haberse comido el conejo le remite constantemente al anciano que se lo regaló, es como si no pudiera olvidar su sonrisa desdentada, su rostro curtido de miles de arrugas finas, sus bigotazos de cosaco y su gorra de campesino. Bernardo retira los bártulos del mapa y clava una chincheta verde en la Caseta de los Bartolos, al pie de sierra Palomera. Son las once y media, es de esperar que ya se hayan marchado todos los que cruzan a almorzar al bar Pegaso desde la Consejería de Fomento. Habrán vuelto los jubilados ociosos a beber el último descafeinado y el primer clarete con casera. Son circunstancias más propicias para leer el periódico. Hoy no es el día de perros que fue ayer pero el cielo está cubierto de nimbos pálidos y se ha girado un viento que todavía no es cierzo pero no permite salir a cuerpo a la calle.
La televisión del bar Pegaso está puesta con un programa para viejos sobre enfermedades, en el suelo hay serrín esparcido. Bernardo se sienta en la esquina, con la espalda en la pared, de modo que no sólo controla la puerta de entrada del bar Pegaso sino los arcos de ladrillo que dan a la terraza vacía. Allí hojea el Diario de Teruel, y hay una noticia que llama su atención. No es nada nuevo. Van a remodelar dos plazas más de la ciudad, una en el casco histórico y otra en esta parte del viaducto: la Plaza de los Amantes, junto al mausoleo donde se guardan sus cadáveres y la torre de San Pedro, y otra en el viejo Ensanche, unos jardincillos junto a la iglesia de los Padres Paúles. Todo suena a lo mismo. Presentan la cosa como un gesto de modernidad, se ponen en manos de las cementeras y se cargan todo rastro de vida vegetal. En eso entra Mingo por la puerta.
Hace tiempo que se habló de pasar a Bernardo a la sección de Urbanismo, pero allí está todo cubierto y la próxima baja por jubilación aún tardará unos cuantos años. Mingo es el titular de ese destino. A veces coinciden en el bar Pegaso y hablan de caza. Mingo no sabe lo que el jefe del servicio de Urbanismo le comentó a Bernardo, que a Mingo no lo pueden tirar aunque sea un vago, pero que, con lo que le da a la bebida, es posible que enferme o se muera antes de la edad reglamentaria, y entonces Bernardo podrá optar a su plaza. Cuando se encuentran en el bar Pegaso, Bernardo siempre saca a relucir algún amigo muerto de cirrosis, a ver si consigue que Mingo morigere sus costumbres
Mingo es un hombre delgado, entre fibroso y esquelético, de nariz larga y mandíbulas afiladas, siempre muy peinado para atrás. Cuando habla deja caer los párpados como quien cuenta un chiste por lo bajo, pero cuando da un trago a la copa de ginebra los ojos se les salen de las cuencas, en un instante batracio que es lo que dura meterse la copa en el cuerpo. Luego vuelve a su media sonrisa ladeada, su mentón muy afeitado y muy pálido, un poco céreo, y esa manera de mover los largos dedos de la mano cuando habla, manos de dibujante, se diría, que a pesar de todo mantienen un pulso firme. Conserva giros de un acento cordobés que debió perder cuando era niño, cuando a su padre lo trasladaron a Teruel como castigo por su comportamiento disoluto. En los años cuarenta y cincuenta eran frecuentes estos destierros administrativos. A los que se iban con la bebida los mandaban a lugares fríos, a que se despejasen. Mingo nació en Córdoba pero el bachillerato lo acabó en Teruel. Es posible que su afición al alpiste sea una cuestión genética. Su padre también era dibujante y le gustaba cazar. Mingo dice que el pulso se lo mantiene la escopeta.
-Qué tal ayer –dice, mientras arrastra con un dedo la copa vacía encima de la barra.
-Un conejo en Palomeras –dice Bernardo, que ha plegado el Diario de Teruel y lo vuelve a poner medio desbarajado junto al teléfono público.
-Yo ayer no salí. Con este frío no me gusta salir. Yo si cazo, cazo, pero yo no entro en reyerta con los elementos –dice Mingo.
Bernardo reposa la vista en una fuente de boquerones en vinagre y otra de salchichas desangeladas que quedan en la barra después de que se haya ido todo el personal de los almuerzos. A Bernardo se le ocurre una idea.
-¿Tú sabes cómo se guisan los conejos de monte?
Mingo da un trago y abre mucho los ojos.
-Guísalos en vino y verás que rico. Además el vino les quita el olor fuerte y les rompe los tendones de la carne sin necesidad de esperar a que se pudran.
Aún hablan un rato más, cinco minutos más, hasta que Bernardo se mira el reloj y dice que se le está haciendo tarde. Mingo pide una última copa y la cuenta, dice que también tiene mucha faena. Pero Bernardo no vuelve a la oficina sino a su casa. Julia está en el instituto y Matilde tenía que pasarse la mañana en el notario con la tía Angelita. Siguiendo las instrucciones de Mingo y las de una receta campestre que encontró en la red, Bernardo guisa el conejo en la olla express, dos horas durante las que permanece cerrado en la cocina y con la ventana de par en par para que el olor a monte no invada la casa. Por la ventana de la cocina se ven las lomas pardas del Polígono Sur. Las máquinas están trazando calles y todo es tierra lisa y removida, de un color más sonrosado que la piel llena de matojos, más parecido a la carne. Todo está lleno de puntales y líneas de cal que marcan las calles. Una de las grandes preocupaciones de los padres de Matilde es que utilicen esa nueva urbanización para realojar a los gitanos.
Todavía son las dos. Bernardo limpia minuciosamente los cacharros y mete el conejo guisado en una fiambrera azul. No pasa nada por salir de la oficina, marcharse a casa y guisar un conejo. Es posible que Matilde incluso se lo agradeciese, pero a Bernardo le gusta que las cosas queden como están. El secreto como límite de tiempo es algo que le fascina desde niño: hacer cosas a toda prisa para que nadie se entere de que las ha hecho. Al conejo le ha salido una salsa negra y densa que sin embargo a Bernardo le ha sabido buena. También se comió un par de trozos y a pesar de que la carne quemaba le pareció muy gustosa.
El coche de Bernardo viaja por la nacional 420. A su izquierda se suceden las lomas calizas y las estaciones de tren abandonadas, y a su derecha las choperas del río Alfambra, que han empezado a cambiar de color. Los chopos más viejos ya están amarillos en las copas. La mayoría siguen enteros. Las últimas lluvias los han mantenido con las hojas tersas, pero ya son de un verde viejo y cansado. Los chopos jóvenes, en cambio, se pelan desde el tronco. Bernardo no sabe bien qué hacer con el conejo. En el lenguaje particular de sus manías, con cumplir el cometido del obsequio, ser guisado y consumido, ya es más que suficiente. La realidad alcanza una simetría entonces que lo tranquiliza. Da igual cómo se cumplan los propósitos. El caso es que se cumplan. Por un momento, mientras escuchaba a Mingo, pensó en buscar a la familia del anciano eslavo y devolverles el conejo ya guisado. Eso sí sería una forma de cumplimiento, algo más que un cumplido. Buenas, buenas, vengo a traerles el conejo que me regaló su anciano padre, que mi esposa, con todo el cariño del mundo, ha guisado para que ustedes lo compartan con nosotros. Matilde da siempre mucho la paliza con que hay que ser coherentes con nuestro destino en el mundo.
Pero también le da miedo, ese miedo diminuto que no parece ser más que pereza. Resultó que Mingo sabía quién es ese anciano. Mingo caza mucho por Palomeras. Según le contó a Bernardo, el viejo ya ha salido con Mingo y su cuadrilla alguna que otra vez. “Tiene una perra finísima, y el viejo la gobierna que da gusto”. También le contó que vive con su familia en la masada de los Cirujanos, en la carretera de Camañas. Antes iban mejor las cosas y trabajaban en Teruel, pero la cosa se ha puesto jodida y se marcharon a vivir a Alfambra. “No te creas tampoco que el viejo es tonto. Cada uno le tenemos que pagar cinco euros si queremos que nos acompañe”.
La tierra roja de Alfambra se despliega después de las tierras blancas de Villalba. Bernardo para en la gasolinera que hay antes de llegar al silo. Mientras repone carburante mira el Cristo de piedra que preside el pueblo desde un alto y recuerda las palabras de Mingo. “Esos rusos no se pierden, no. Una vez que han metido aquí ya la cabeza, ya verás que pronto para ellos no hay crisis ni nada. Para nosotros sí, que no estamos tan despabilados. Ya verás, ya”.
Bernardo se detiene en su casa, a la entrada del pueblo. Acaba de descubrir que el corazón le late con demasiada fuerza. En la bolsa de Mercadona se ven gotas de condensación, el jeep entero, a pesar de la fiambrera, huele a conejo guisado que trasciende. Bernardo piensa si olerá también su casa, si cuando llegue Matilde sabrá que ha estado toda la mañana guisando un conejo.
Las palabras de Mingo mientras pedía otra copa de ginebra resuenan en el cerebro de Bernardo. Cinco euros. Ochenta años. La idea inicial es presentarse en la masía de los Cirujanos. El conejo es su coartada. Como vosotros lo despreciasteis, se lo llevé al que me lo regaló. Y añadiría: y me lo regaló para quitárselo del plato a su familia, que conste. Pero está nervioso. Necesita entrar en la casa vieja y echarle de comer al perro antes de seguir adelante. No se trata de ser o no ser solidario. Se trata de no meterse en líos. Uno se hace el simpático y luego se te cuelgan del cuello. Bernardo se anima mascullando insensateces.
El perro está perfectamente curado. La herida de colmillo de jabalí en la barriga es una huella sonrosada y sin pelo que sólo parece un rasguño. Bernardo deja correr por las eras al podenco, que se sube hasta la paridera y le da la vuelta y baja por el barranco rojo y se pierde por la cañada. Hace fresco. Huele a la banasta de membrillos que trajo la semana pasada para perfumar la casa. El perro ya está gimiendo en la puerta del corral. Otras veces se pasa un par de horas por el monte y luego vuelve hambriento y exhausto, pero esta vez ha venido enseguida al amín de la fiambrera. Las palabras etílicas de Mingo suenan de vez en cuando. Bernardo no quiere que el anciano mujik ruso lo tome por uno de esos señoritos que le dan cinco euros para que les acompañe. Es suficiente pensamiento para sacar la fiambrera de la bolsa y dedicar un rato a deshuesar el conejo para dárselo al podenco.
Mientras lo ve comer se siente mejor. Le han bajado los nervios. Ha estado a punto pero no lo ha hecho. La barra de hierro se ha tensado pero ha vuelto a situación de reposo. Cuando sube al coche las palabras de Mingo quedan envueltas en la niebla que recorre el río abajo hasta Teruel: “El viejo es un cazador cojonudo”, le dijo Mingo, “pero a la que no te puedes perder es a la hija, Bernardo. Yo, si no fuese porque no voy a llegar ni a la jubilación, te prometo que le tiraba cañamones. Nunca he visto una mujer tan guapa ni tan interesante. Bueno, no es la clase de belleza que aquí se acostumbra, pero está como un pan. Un día fuimos toda la cuadrilla a dejar al abuelo y estaba ella. Se nos caía la baba a todos. Joder, Bernardo, esa sí que es una buena pieza”.

Capítulo VI

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6. Algo más que un recalcón
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Matilde y la tía Angelita suben por la calle de San Juan hacia la Plaza del Torico. Acaban de remodelar la plaza y precisamente la tía Angelita dice que no le gusta nada, que cada vez esa plaza es menos plaza. No va nada a cuando antiguamente, que la plaza era de adoquines que formaban cenefas y ondas y aguas en torno a la fuente, y era como las plazas de Roma que ha visto ella cuando van los veranos a ver al Papa. Matilde piensa que la tía Angelita se lo está inventando. Matilde siempre vio esa plaza cubierta de asfalto, pero la tía Angelita es de las que necesita redecorar la memoria para surtir las conversaciones. Han puesto unas losas chinas negras y tubos de neón encastrados en el suelo, que conforme cae la tarde se van despabilando con sus luces frías. Está anocheciendo. La tía Angelita tenía que hacer unas visitas y sola no quiere salir de casa. Las amigas de la parroquia se han ido a un encuentro en Valencia con el padre Feliciano, pero a la tía Angelita esos viajes le parecen como los viajes del Inserso. No es lo mismo estar con sus amigas en misa que en un autobús, que todas empiezan a reírse y a decir tontadas, y luego les dan un pañuelo verde para que se lo cuelguen al cuello y las pastorean por la ciudad como si fueran cabras. Para ver al Papa en Roma no necesita pañuelos verdes. De modo que se ha quedado sola porque las amigas volverán luego por la noche muy tarde. A esas horas la tía Angelita no pinta nada por la calle, y no quiere molestar a sus sobrinos para que la vengan a recoger al autobús porque sabe que para ellos es un sacrificio y a lo mejor un día incluso le dan un desaire y le dicen que no, que se venga andando, pero entonces ese día ellos saben que la tía Angelita en cinco minutos está en el despacho de Ataúlfo, el notario, el tío de Pototo, que acaba de hacerse fiscal, y cambia el testamento y los deja a todos sin una puta perra.
-Uh, qué mareo –dice la tía Angelita nada más vislumbrar las luces de neón como un montón de palillos que hubiesen tirado por el suelo. Las casas están iluminadas desde los alares con tubos de neón amarillentos, de modo que los peatones se pasean como sombras y les brilla el blanco de los ojos.
-No veo nada. Esto es una barbaridad. Que alguien dé la luz.
-Bueno, mujer –dice Matilde-, dicen que es única. Habrá que acostumbrarse.
-Ya lo creo que es única. Menuda cataplasma. ¿A dónde van a querer esto? Me supongo que por lo menos cuando lleguen las procesiones apagarán las luces y encenderán las farolas, porque esto parece un baile.
-La verdad es que no se ve nada –dice Matilde, que lleva a su tía agarrada del brazo. La tía Angelita, su rostro severo, pone los ojos en blanco y sube un poco el pecho como si le dieran arcadas.
-Me va a dar un cólico –dice la tía Angelita-. Vamos un momento ahí a los porches y nos damos la vuelta, hija mía, que no me encuentro bien.
Matilde da media vuelta y se dirige a los porches.
-¿Quieres que entremos a la farmacia?
-No, vamos, vamos a casa, que no lo puedo soportar.
Matilde entonces siente cómo se le cae de su brazo el brazo de la tía Angelita. Al volverse ve cómo su tía termina de caer al suelo, antes de que sus brazos lleguen a socorrerla.
-¡Tía, tía!
Matilde piensa que la tía se ha desmayado, pero en el momento en que termina de caer al suelo da un grito que reverbera entre los porches.
-¡Ay, ay!
No ha sido un desmayo porque además de gritar habla.
-¡Ay madre mía qué mal me he hecho! ¡Ay, ay!
-Ven, tía –dice Matilde, que se arrodilla y la abraza sin saber cómo va a ser capaz de levantarla. En eso un muchachote negro se acerca y la coge por las axilas.
-¡Dejarme, dejarme!, ¡que no me puedo levantar!, ¡ay Dios mío, que me he roto un hueso!, ¡ay, ay, bájame la falda, Matilde, ay! ¡Déjeme, déjeme, no me toque!
Algunas mujeres muy dispuestas y un señor con gafas se arremolinan junto a la columna del kiosko.
-¿Puede moverse? –dice una de las mujeres.
-¡No! ¡Qué me he partido un hueso, que lo sé que me duele mucho!
Las luces de varios teléfonos móviles iluminan un poco la escena. Están llamando a las asistencias. Alguien ha dicho que lo mejor es no moverla, que llamen a una ambulancia y así se darán cuenta las autoridades de una vez por todas de que las aceras no pueden estar así, con esos bordillos que no se distinguen, que ya son muchas las caídas y varias las ancianas que se han partido una cadera, y un día alguna se partirá la crisma.
El tema prende en el corrillo mientras Matilde, arrodillada detrás de su tía, la sujeta incorporada y aspira el olor de la laca. Matilde reza para que no se haya roto nada su tía. Aspira el olor de la laca y piensa en la que se le puede venir encima. Pronto se ven las luces amarillas giratorias del furgón medicalizado que se aproxima por la calle de San Juan abriéndose camino con la sirena entre los paseantes. La tía Angelita mantiene los ojos cerrados en todo el trajín de inmovilizarla y subirla a la camilla y después al furgón. Ella se ve a sí misma con los ojos cerrados entre la gente asustada que se pregunta si no habrá sido algo terrible. A ese mínimo placer dramático se le suma, una vez dentro del furgón, las manos que le toman el pulso y el tacto suave de los tubos del gotero, el casi gustirrinín de los preparativos antes de que le claven la aguja, que incluso, en ese ambiente de absoluto protagonismo, tiene un punto de importancia paralelo al dolor difuso de la cadera. La tía Angelita no mueve un músculo de la cara cuando la aguja le entra por una de las venas gordas de la mano. De pronto se acuerda de la última vez que le pusieron un gotero. La aguja tardó más en clavarse, y le dolió mucho más. Hace ya tiempo de eso.
Muy al contrario de asustarse, la tía Angelita sosiega a Matilde, que está nerviosísima, y le dice que no se preocupe de nada. En sus palabras hay olor de santidad.
-Yo sólo rezo, hija mía, por no daros ningún quebradero de cabeza. Sólo lamento quedarme privada en una silla por la extorsión que os iba a hacer a todos. ¿Llevas el teléfono?
-Sí, tía.
-Pues llama a Paquita que estará muy preocupada.
-¿Y ella qué sabe, tía? Déjala estar, ya se enterará.
-¡Ya se enterará, ya se enterará! ¡A ver si me van a tener que ingresar y me quedo sola en la clínica!
-No digas eso, tía, por favor.
-Llama por lo menos al padre Feliciano.
-El padre Feliciano se ha ido a los ejercicios espirituales, tía.
-Ay, es verdad.
Las puertas de urgencias se abren y un aluvión de batas blancas sale al encuentro de la tía, no todas juntas sino una detrás de otra. A la tía le produce un cierto alivio que no la tengan en la sala de espera. Incluso descompone un poco el rictus para que no quepa duda de que la tienen que pasar adentro inmediatamente. A la primera enfermera que la atiende después del camillero la coge del brazo y le pregunta por don Gervasio. Don Gervasio es su médico de confianza.
-Llamen a don Gervasio, dígale que doña Ángeles Moragriega está en urgencias.
Una médico joven trata de tranquilizarla, la reconoce y da órdenes para que le sean renovados los goteros con medicación y sea conducida a la sala de rayos. Ya va por el pasillo como una mártir Angelita cuando por detrás de ella un tumulto de enfermeros adelanta su camilla a toda prisa y se mete en la sala de rayos. La tía Angelita ve pasar entre los cuerpos y los tubos de los goteros un hombre joven con un rictus de dolor y un débil gemido que llega nítido a los oídos de Angelita, quien de pronto piensa que ese gemido no es español y recuerda el rostro atormentado que acaba de pasar ante ella y decide que tampoco es un rostro español, y cuando los enfermeros retroceden otra vez con su camilla a la sala de observación, un amplio pabellón con camas a los dos lados, la tía Angelita empieza a ponerse de mal genio.
-¿Y no había una habitación individual donde meterme? ¿Es que todavía no ha venido don Gervasio? Y María Lourdes. María Lourdes es la jefa de todas las enfermeras, que me lo dijo su tía Iluminada. Dile a María Lourdes que venga y me lleve a una habitación individual. Mira ese tío, con el culo al aire. Esto parece la beneficencia. Ponme por lo menos esos biombos, y descorre las cortinas. Virgen Santa, qué peste echa ese tío. ¡Pues muy gordo tenía que ser lo que le pasaba al extranjero ese, porque desde luego no hay derecho, que vienes al borde de la muerte y te dejan en la sala de espera!
La tía Angelita ha subido la voz y Matilde siente una profunda vergüenza.
-Tía, por favor, que nos están oyendo todos.
-¡Claro, si ni siquiera se puede hablar! Pues para esto, hija mía, me llevas directamente a la Residencia del Padre Piquer y terminamos antes. Tú no te preocupes que allí me darán una habitación individual y me cuidarán cuando me pase algo.
Matilde está escuchando lo que dicen al otro lado del biombo.
-Lo ha reventado –escucha. También escucha algo de unas obras en el Arrabal y de un corrimiento de tierra. Ha desconectado por completo de lo que dice su tía.
-¿Pero es que no has llamado ni a tu marido siquiera, chica?
-Sí, tía, sí –reacciona Matilde-. Ahora llamo a todo el mundo.
“Se ha corrido una columna y lo ha reventado”, resuena en los oídos de Matilde mientras busca en la agenda del teléfono el número de su marido.
Bernardo siente una vibración en el bolsillo izquierdo de los pantalones.
-Lo siento –dice a la mujer con quien está hablando-. Tengo que marcharme a Teruel. Una tía mía está ingresada en el hospital.
Bernardo se azora un poco. La mujer, alta, de facciones muy afiladas y ojos grandes y azules, muestra su preocupación con un leve frunce de labios.
-Mañana podemos hablar de esto –dice Bernardo, y se mete la mano en el bolsillo interior del Barbour-. Tome mi tarjeta. Llámeme si quiere a este teléfono. Es el de la oficina. No suelo llevar el móvil, pero allí me localizará por la mañana.
Bernardo se arrepiente de lo que está diciendo casi al tiempo de decirlo, conforme van saliendo las palabras. A su mujer le ha dicho que estaba en el Polígono, cambiándole el aceite al jeep. En medio de su nerviosismo ha sido una respuesta inteligente, piensa Bernardo, porque para volver de Alfambra a Teruel necesita por lo menos veinte minutos, media hora para atravesar la ciudad y llegar al hospital, lo mismo que pueden tardar en darle los mecánicos la factura del aceite.
Cuando llega a urgencias la tía ya está escayolada. Ya la han subido a planta, habitación 218. Entre unas cosas y otras ha tardado en volver de Alfambra casi tres cuartos de hora. Lloviznaba y del río estaba subiendo un banco de niebla. Ha tenido que ir muy despacio. Pasillo adelante ya ve caras conocidas a la puerta de una habitación. Julia está apoyada en la pared, mandando mensajes por el móvil, y el padre de Matilde pasea con la cabeza baja. Bernardo está nervioso. Lo único que le preocupa es la cara que pondrá Matilde.
-Lo siento –dice nada más entrar-. ¿Qué ha pasado?
-Nada –dice la tía Angelita, con los tubos del oxígeno en la nariz, porque dijo que le faltaba el aire cuando se los quitaron en urgencias-. Ya no ha pasado nada. Ya ha podido pasar todo. ¿Ya te han cambiado el aceite?
Matilde no quiere entrar en reyerta.
-Pues la cadera por tres sitios –dice, y no dice nada más, y su silencio pespunteado por los suspiros de la tía Angelita se le agarra al estómago con una úlcera culpable.
-Ya me quedo yo esta noche –acierta a decir Bernardo.
-No digas tonterías –dice Matilde, que necesitaba una pequeña excusa para condensar la ira y el miedo que la corroe.
La tía ya ha dispuesto los turnos de cenas porque vino Manolita que vive ahí en la Avenida América también y les dijo que nada, que nada, que no fuesen a casa a preparar cenas que ella lo preparaba todo, y más ahora que estaban a punto de venir los primos de Valencia. Matilde está a punto de llorar. Su tía le ha hecho llamar al padre Feliciano y a su amiga Iluminada y a todos los primos del pueblo. Matilde sale al pasillo antes de que se le salten las lágrimas. Entra su padre, que se sienta junto a la madre de Matilde, en la cabecera de la cama. Bernardo sale también al pasillo. A Matilde ya se le han saltado las lágrimas.
-Y ahora qué hago –dice.
-Pues decirles a todos que se vuelvan a su casa o que se vayan a un hotel.
Matilde necesita un cigarrillo.
-No me refiero a eso –dice.
Julia está detrás de Matilde, con el móvil. Matilde no la ve, pero Bernardo sí. Le cae un mechón de pelo en la cara y tiene un pie apoyado encima del otro.
-No pasa nada. Es una fractura.
-Bernardo -dice Matilde, mirándolo a los ojos-, yo no voy a cuidarla. Lo siento mucho pero de ninguna manera voy a cuidarla. Me da lo mismo que me desherede o que haga lo que le dé la gana, pero ella está pensando en instalarse en casa, y más vale que se quede aquí unos cuantos días porque es una idea que no puedo soportar.
-¿Cuándo le darán el alta?
-Pues no lo sé, pero más de una semana no creo que la tengan. Es vieja pero está como un roble.
Por el pasillo asoma un cura con sotana seguido de una comitiva de ancianas con pañuelos verdes anudados al cuello. El cura va mirando hacia arriba y tiene la boca entre abierta, como el que está esperando llegar a territorio audible para decir lo que va a decir. Detrás las mujeres abren mucho los ojos y se paran y se giran a responderse.
Pero por el otro lado un grupo de enfermeros que sostienen los goteros trasladan la camilla del joven reventado rumbo a la UCI. Dos de ellos se adelantan y sin demasiadas contemplaciones apartan a la gente y le piden que se meta en las habitaciones. Matilde ve pasar al muchacho que llegó a urgencias al mismo tiempo que ellas. Lleva la mirada perdida y una sonrisa involuntaria que nace de la flaccidez del labio. Tiene rasgos eslavos, o rumanos, no sabe. Es como cuando una vez, de pequeña, vio a un hombre enfermo del tétanos. Temblaba y parecía sonreír, y tenía las horas contadas.
A Bernardo le da un vuelco el corazón. Tatiana Illínichna, la hija del anciano que le regaló el conejo, la mujer con la que estaba hablando cuando lo llamó Matilde, también tiene un marido que trabaja en las obras del Arrabal.

Capítulo VII

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7. El abrigo del campesino
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Esther ha resuelto ya tres veces en su casa los problemas del examen, y el resultado es siempre el mismo, el que le pasó aquel chico tan callado en un papel. Hace poco que ha llegado a clase, vino a principios de octubre, es ruso y no se entera de nada. El chico, que se llama Kolia, también vive en Alfambra, pero nunca va por el bar ni pasea por la carretera. Alguna vez lo ha visto subirse en el autobús que los trae a Teruel por las mañanas. El chico siempre se sienta detrás del todo, junto a la ventanilla, y baja la cabeza. Suele llegar muy a punto a la parada, pero siempre se queda fumándose un cigarro al otro lado de la carretera, junto a la estación en ruinas.
Todo eso va a cambiar. Mañana por la mañana, cuando cojan el autobús, Esther se va a sentar al lado de Kolia y le va a dar las gracias por pasarle los resultados del examen, pero también le va a decir que no le hicieron falta, y que si le vuelve a pasar una chuleta es posible que los suspendan a los dos, aunque a él parece que le da lo mismo.
Esther se ha subido a su cuarto, al palomar que su padre lució y arregló el tejado y puso calefacción para que subiese la chica a estudiar. El cuarto abuhardillado está lleno de carteles de las películas de Tim Burton y algún otro suelto de grupos emo como My Chemical Romance o 30 Seconds to Mars. A Esther no le gusta que la llamen exactamente emo. Le gusta su estética pero detesta la ñoñez de grupos como Pannic at the Disco. De los emos disfruta la tranquilidad y la pasión, las subidas y bajadas de las canciones, ese aire de casa encantada que tienen los cantantes, su amor por lo viejo y su aprecio por la naturaleza, pero no le gusta la tontería, que en los grupos góticos no es tan empalagosa, aunque estos son más amigos de la violencia y del vicio. Los emos son una mezcla de siniestros de toda la vida con los straight age, aquellos punkis de los 90 que no bebían, no se drogaban y no follaban si no era por amor, pero con peor gusto musical si cabe y mucho más ñoños. Es, en general, lo que Esther se pone en el MP3 y lo que escucha desde que sube al palomar hasta que baja a preparar la cena.
Esther elige su ropa para dar las gracias al extranjero mudo. Se va a presentar como chica emo, entre post-harcore y pop-punk. Prepara sus vaqueros enormes a mitad de culo y las bragas boxer con dibujos del horóscopo, la camiseta de presidiario y la rebeca negra de gancho que heredó de su abuela y que ella adorna con rosarios enroscados en las muñecas y mitones de blonda. Llevará las zapatillas viejas de baloncesto y el muñequito vudú con cruces en los ojos para colgar en la mochila. Irá con peinado de almohada, o bien lamido de vaca, ya lo pensará, pero se pintará de negro el cerco de los ojos y los labios de morado, y un aspa de genna en cada mano, a la espera de que su padre le dé permiso para tatuarse un retrato de la maga Circe en la paletilla. Le ha dicho que si aprueba este curso que se tatúe lo que le dé la gana, pero que sea en un sitio donde no lo vea él.
A la mañana siguiente, Esther llega puntual al autobús. Kolia está junto al ribazo de la estación antigua, y lleva una abrigo casi hasta los pies que en la mañana brumosa de octubre parece el de un mariscal de campo de las guerras de Napoleón. Esther ve la silueta de un abrigo y de un muchacho pálido junto a la ruina. Ya había decidido sentarse con él en el autobús, pero esta imagen, y sobre todo ese abrigo, le dan las fuerzas que pensó no tener mientras se vestía.
Esther se las arregla para subir la última, y recorre el pasillo apoyándose en los asientos, detrás de Kolia, cuyo abrigo va tropezando en los reposabrazos. Es como de paño entre gris y negro, y lleva un cuello de piel rizada, la piel del abrigo de piel de la madre de Esther, que hace ya mucho que no se pone. Kolia se sienta y en el mismo movimiento coloca su mochila bajo la cabeza, cruza las piernas, recoge el vuelo del abrigo y cierra los ojos como si fuese a dormir. Sólo por un momento ve Esther, cuando está poniendo la mochila como almohada, sus ojos profundos y azules, su mirada de lobezno entre la nieve, su pelo muy rubio y muy fino, su tez pálida y los pómulos muy rojos, como si se le hubiesen roto los capilares por el frío, o como si se hubiera puesto colorado. Pero Esther no aguarda un solo instante. Lleva la colonia Gotta, la favorita de los emos, y además es una decisión que hace muchas horas que tomó.
-Hola –dice Esther-. Me gusta mucho tu abrigo.
Kolia abre los ojos y se incorpora. Sólo ha entendido la palabra hola y la palabra gusta. Supone que es por lo sucedido ayer en el examen, de modo que ensaya una media sonrisa y menea la cabeza como quitándole importancia. Kolia no puede decir nada en español, pero aunque pudiera no sería capaz porque un estremecimiento general del pericardio se lo impediría. No le saldría la voz y temblaría, aun callado trata de esconder las manos bajo el abrigo por si ya han perdido el pulso. Ayer fue un arrebato de orgullo el que le hizo demostrar a todos que no era idiota, que sabía matemáticas igual o más que ellos, y Esther le recordaba a Luzmila, que lo vino a consolar cuando lo de su hermano. Pero ahora Esther, vestida de ese modo, importante y atractiva, cuyo perfil llevaba viendo Kolia en el autobús desde hacía ya unos cuantos días, es un ser de carne y hueso pintado de negro que se dirige a él. Kolia no sabe qué decir. Habría hilado unos cuantos sustantivos que se ha aprendido para salir del paso, pero de ningún modo podría decir en castellano lo que siente, así que lo dice en ruso:
-Lo hice porque me caes bien –dice, y Esther no entiende una palabra, pero le gusta el sonido y cierta sonrisa involuntaria cuando habla Kolia, como si de ningún modo ese gesto pudiese haber sido una mala contestación.
-Me gusta tu abrigo –repite Esther. Le toca el faldón para que se dé cuenta, y repite: a-bri-go.
-Ah, abrigo –dice Kolia, en ruso.
-Sí, eso será. Me gusta mucho.
Kolia le ha cogido el gusto y piensa incluso contarle en ruso por qué lleva ese abrigo. Piensa decirle que gracias a ella, gracias a que a ella le gusta ese abrigo, el día le ha salido bien. Ponérselo ha sido un acto de desobediencia. Es el abrigo de su abuelo, el que su abuelo ha llevado en Siberia para salir al campo durante los últimos cincuenta o sesenta años. Al padre de Kolia no le gusta que el abuelo vaya por ahí con prendas folklóricas. “Cuélguese también si quiere un retrato de Lenin y vaya por las tardes al café”, le dijo su padre. Pero su madre, que es la hija del abuelo, defendió el derecho de su padre a vestir como le diese la gana, y entonces su padre entró en uno de esos enfados llenos de lloriqueos y desesperanzas que al final consiguen lo que quiere. Al final su madre, harta de discutir por cualquier cosa cada día, le pidió a su padre que se cambiara el abrigo de mujik por un plumífero negro que le compraron en el Aldi.
Tampoco habría sido capaz de explicar todo eso, ni siquiera en ruso. Kolia cogió el abrigo de la percha de su abuelo y sin que nadie se enterase salió con él puesto esta mañana. Su familia todavía no sabe que va a pasearse por el instituto Vega del Turia con el abrigo de campesino siberiano de su abuelo. Cómo decirle a Esther que gracias a ella no tiene sensación de culpa.
Esther ya no sabe qué más decir. Le hablaría en inglés, pero en inglés Esther nunca pasa del cuatro setenta y cinco. Toda la puta vida estudiando inglés y ahora que lo necesita resulta que no sabe decir nada. Ni siquiera sabe cómo coño se dice la palabra abrigo. Pasan por Peralejos entre paredes calizas desmigajadas y los chopos amarillos que asoman por encima de la niebla. El autobús huele a plástico frío.
Kolia lleva unos instantes decidido a decir algo. A decir gracias, que a él le sale algo así como guerasias. Preferiría decirlo en inglés. Pero también le parece que su inglés acartonado debe resultar ininteligible. Kolia aprendió mucho inglés por escrito y ha escuchado miles de canciones y emisoras en habla inglesa, pero no lo ha practicado nunca. En la escuela de Irkutsk todos los ejercicios eran por escrito. Para Kolia, hablar inglés es como hablar latín. Aun así lo intenta.
-It’s my grandfather’s overcoat.
Esther piensa que Kolia sigue hablando en ruso. El muchacho habla con la boca medio cerrada y es como si los labios se le enganchasen. Pero cuando Kolia dice thank you, rebobina y se da cuenta y contesta.
-Mai neim is Esther –dice Esther, y se queda un instante parada y luego se acerca a dar dos besos a Kolia, que apenas mueve los párpados mientras es besado. Kolia siente primero el cosquilleo de un mechón de pelo negro y el tacto del hilo del auricular del MP3 antes de que su piel entre en contacto por primera vez con los labios morados de Esther. Esther no sabe decir mucho más en inglés pero cree que ya tiene controlada la situación porque Kolia se ha vuelto a poner colorado e intenta estirar todo lo que puede esos labios, casi le ha salido una sonrisa. Así que no se da por vencida.
-Ai laik veri mach yuur, yuur, yuur…
-Overcoat.
-Eso, yur ovecóu.
Al pasar por Villalba Baja ya han hilado media docena de frases más. El hablar de Kolia es sintáctica y léxicamente irreprochable, pero es como si hablase un sintetizador, y quizá por eso Esther, para su asombro, lo entiende mejor que las listening comprehension que les pone en clase Pilar Bravo. Kolia tiene bastante con sonreír y entender lo que intenta decirle la chica, con que en ningún momento parezca todo lo soso y callado que es. La chica no deja de sonreír y alarga cada palabra mientras se acuerda de la siguiente.
-Ai am... lísen... music... emo. Ah, no, imo, no emo, imo, de imosional jarcore. Du yu laik? –dice Esther, cuando están bajando ya por la carretera de Alcañiz, y le ofrece a Kolia uno de sus auriculares para que se lo ponga. Kolia no ha oído esa música en su vida. Suena como el reactor de la central que tenían en el pueblo, a veces se para y otras estalla con gritos desaforados y acordes de rock duro, algo que a Kolia le suena mucho más familiar. Pero no se trata de juzgarlos. Sólo lamenta no saber cómo se llaman.
-Certy seconds tu Mars –dice Esther. Kolia no sabe si es el nombre del grupo o su estilo musical, o el tiempo que les queda.
Qué bien se siente Esther bajando al instituto por la calle del Salvador, vestida de fiesta y con semejante abrigo a su lado. Quizá por el hecho de que viva en Alfambra, Esther se ha sentido siempre en el instituto un poco desplazada. Cuando los otros quedan por las tardes ella está en el pueblo con sus amigos. Hace un par de años, en 3º de la ESO, una pija imbécil, Julita Villar, le preguntó si en su casa tenían vacas, y toda la clase se echó a reír. Nadie le dio importancia, pero Esther fue asumiendo que la única manera de reivindicarse era por medio de la diferencia. El primer día que se puso el uniforme emo sintió que la respetaban más, y también que Julita Villar la despreciaba sin disimulo. La estética emo realzaba su nariz larga y sus encías sonrosadas, su tez pecotosa y pálida, y esa mata de pelo lacio que hasta los catorce años llevó recogido en una larga coleta. Aquel peinado sí que resaltaba la nariz.
La presencia de Kolia, su imponente abrigo, tan romántico, su rostro extranjero, su condición marginal hacen sentirse a Esther más dueña de su mundo y más diferente a los pijos como Julia, que no sólo serían incapaces de vestirse como ella sino que jamás irían por la calle con un inmigrante, ni siquiera lo saludarían ni mucho menos tratarían de ser sus compañeros. La mañana húmeda llena los pulmones de Esther cuando baja por la escalinata modernista como si estuviera rodando un vídeo musical de happy punk. La sensación es tan gratificante que la llena por varios sitios. Se siente solidaria y compañera de los débiles, se siente moderna y se siente más lista que Julia Villar.
Y la verdad es que Kolia no le ha parecido en ningún momento extranjero, a pesar de que sea imposible entenderse con él. Sus gestos le son reconocibles, su cara es verosímil, es cómodo andar a su lado y no hay prisa por hablar. Pueden ser amigos con paciencia. A fin de cuentas son del mismo pueblo.
Kolia se deja llevar como un cordero con abrigo largo. El abrigo le da calor y si ahora Esther desapareciese le daría un ataque de vergüenza. El abrigo lo ha hecho visible, como si al envolver su cuerpo transparente hubiera empezado a existir. Caminar con Esther es como ir a clase con Luzmila. La pequeña estación de piedra de rodeno y los castaños amarillentos que flanquean la escalinata son como bajar al jardín donde pasean los vivos. Por primera vez le gusta la fachada curva del instituto, sus letras de hierro y el túnel de acceso al patio. Es la primera vez, entrando con Esther, que las pareces cobran cuerpo y los pasillos argumento. Hasta ahora se había sentido muy cómodo en su aislamiento extremo, pero ahora es como si hubiera salido a la intemperie. A pesar del calor que da el abrigo, por dentro se siente un poco frío, y por si acaso camina con las manos en los bolsillos, como un general.
No ha hecho falta que se preguntasen nada. Los dos han ido a sentarse junto a la ventana. Esther ha corrido su mesa ostentosamente para que Kolia pusiese al lado la suya, y Kolia se ha comportado en todo momento como un operario de guardamuebles. A Esther no le pasa por alto que, cuando el profesor de matemáticas entra en clase, a escape se percata de la nueva situación, y pese a que no dice nada su forma de estar serio parece agradablemente sorprendida.
Hoy tienen que decir qué trabajos piensan preparar para este trimestre. Esther escribe notas en su inglés de cuatro setenta y cinco con las que intenta explicar a Kolia lo que está diciendo Javier Santacruz. Notas como “We have to make a work”, o bien “do you want make a work of a watch of sun?”, que Kolia lee y a las que asiente muy serio con la cabeza, aunque no termina de entenderlas. A Esther le hace mucha gracia lo obediente y lo majo que es este chico. Le hace gracia darse cuenta de que el otro no sabe qué hacer para caerle bien, y mira sus manos sobre la mesa, recogidas como las de un niño.
Esther está lanzadísima esta mañana. Ni siquiera espera a ver qué van a hacer los otros. Ella es la primera que levanta la voz y lo dice.
-Yo iba a hacerlo sobre el reloj analemático que hay en mi pueblo.
-Buena idea –dice Javier Santacruz-. A ver si descubres el fallo que tiene.
Javier Santacruz empieza su explicación sobre qué es un reloj analemático. Cuando acaba, Esther se vuelve a lanzar.
-Lo vamos a hacer los dos –dice, señalando a Kolia.
Al profesor le parece muy bien. Daniel Salvador dice que él lo va a hacer sobre el principio de Eulen con Sara Morales y José Antonio Lahoz. Alguno más responde y se van estableciendo grupos de tres en tres. Laura Barrachina dice que como ella va a estudiar arquitectura le gustaría medir el viaducto con fotos digitales. Se da por sentado que María Eugenia Valterra y Julia Villar entran en el mismo grupo. Al final se quedan sin grupo Manolo Perales y la Choni, los dos juntos son impares. Manolo Perales, con ese buen conformar que tiene con todo, dice que por él no se preocupe porque no lo va a hacer, y la Choni dice que bueno cuando Javier Santacruz le pregunta si quiere trabajar sobre el reloj analemático. La Choni dice alemanático.
Todo el mundo se ríe menos Julia, que lleva la clase entera intentando decir algo. La entrada triunfal de Esther y el rusito le ha dado una envidia rara. Qué de pronto tan modernos, qué vidas tan libres. De modo que, siempre tan educada ella, levanta la mano y Javier enseguida le hace caso.
-Si a Choni le da lo mismo, yo prefiero hacerlo sobre el reloj.
Javier Santacruz abre mucho los ojos y mira a Esther buscando su aprobación. Esther se pone colorada y se encoge de hombros y dice que bueno. Luego, mientras siguen buscándole acomodo a la Choni, Esther siente cómo el cuerpo se le vacía de entusiasmo. Julia es la que mejor habla inglés de toda la clase. Su papá le paga todos los veranos un colegio en Inglaterra.
Kolia sonríe. No se está enterando de nada.